15/06/12 Artes

Sicaria, de Ana Gallardo


En Sicaria, su muestra más fuerte y oscura, Ana Gallardo vuelve explícitos la violencia y el abandono. / Por Lucrecia Palacios

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De un tiempo a esta parte, la obra de la rosarina Ana Gallardo ha sido descripta como un “proyecto afectivo”. No solo porque varios de sus trabajos tratan sobre el amor, sobre su permanencia y disolución, sino también porque a través de ellos, Gallardo ofrece un espacio de catarsis y de cuidado, de escucha y redención para las historias más íntimas, más frágiles y desatendidas. Para La hiedra, una instalación que presentó en la galería Sendrós en 2006, la artista se entrevistó con varias mujeres que le contaron sus historias románticas, sus relaciones exitosas o imposibles que marcaron sus vidas. Y allí se presentaban cartas, fotografías, CDs y libretitas, reliquias clavadas en los muros como ex votos. Sin levantar las banderas del feminismo, Gallardo ha sabido construir una obra que recuerda el slogan que Barbara Kruger eligió para sus carteles: lo personal es político. Detrás del diario íntimo y la reconstrucción de la memoria, en Gallardo late la denuncia social y cierto idealismo que entiende el arte como una actividad de curación. En A boca de jarro, un video que se exhibió en la bienal del Mercosur en 2008, Mónica, cantante frustrada que trabajaba como prostituta, enumeraba los índices de violencia sexual en la Argentina como si se tratase de un bolero.

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Son imágenes brutales, de una frontalidad exacerbada y explícita en donde ninguna metáfora es posible.

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Sicaria, la exhibición que puede verse en Ignacio Liprandi Arte Conteporáneo, podría haber sido también un proyecto utópico. Gallardo se había propuesto llegar a México y entrevistar a las ex-prostitutas, ahora ancianas, que vivían en un geriátrico de México. Pero nunca le fue permitido acceder a esas entrevistas, y, en cambio, se le ofreció hacerse cargo de una de las ancianas como única posibilidad de contacto. El estado de precariedad y marginación en el geriátrico es extremo. Gallardo se limita a filmar un video documental de sus cuidados a la anciana que le tocó en suerte. Describe la repugnancia que le produce, la imposibilidad del lazo afectivo en una especie de mural tallado con cuchillo sobre la pared de una de las salas. Son imágenes brutales, de una frontalidad exacerbada y explícita en donde ninguna metáfora es posible.

Pero la pieza más escalofriante de la muestra es una pequeña sala, la última, en donde sobre una silla descansa un pequeño cuaderno de tapas negras. En él, con lápiz, Gallardo anota la historia de su nacimiento, un relato que cifra el origen de la artista en una escena de agresión sexual desesperada. En todas sus obras, la violencia, la fragilidad de nuestras vidas y el abandono aparecen como fantasmas que se intentan exorcizar. Pero en Sicaria estos fantasmas se vuelven explícitos, se corporizan en una aparición que espanta. Es una exhibición fuerte y oscura que, de algún modo, puede pensarse como la contracara de la obra utópica de Gallardo. Sicaria cuenta el fracaso de un proyecto, y describe cómo, sin proyecto que pueda superarla, la violencia no es una suerte redimible sino una amenaza constante que pende sobre nosotros desde nuestro propio origen.

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ANA GALLARDO
Sicaria
En Ignacio Liprandi Arte Contemporáneo (Avenida de Mayo 1480 3°, CABA)
Hasta el miércoles 20.

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