3/06/12 Cine
Barry Sonnenfeld alza la voz

La llegada de Hombres de negro III, diez años después de la desquiciada segunda entrega de la saga, vuelve a iluminar la figura de Barry Sonnenfeld, director de la trilogía y de ambas Los locos Addams. Aquí, el norteamericano alza su voz autorizada y se pone firme sobre algunos tópicos y nuevos hábitos de la comedia actual. / Por Juan Manuel Domínguez
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Existen películas que son tremendamente vitales, de esas que, cuando la cinefilia anda en estado gaseoso, la energizan de forma extremadamente sutil. Cada uno tiene su panteón, pero es sabido que Hollywood, a la hora de la obrita maestra que funciona como reloj suizo (y que troyanamente lo disimula), confirma su mote de meca. Un Gepetto de ese sutil arte del tanque (que termina pareciendo, por cariño y por talento, una especie de juguete al estilo de un tanque de lata, un objeto entrañable, con huellas de creador, que solo gana presencia gracias al paso del tiempo) es Barry Sonnenfeld. Sus pequeñas películas-juguetería ganan nervio adulto en la narración, pero en ellas el talento utiliza el todo como disfraz, y no al revés.
Sonnenfeld evoca a esos autores anónimos que, con mucha amabilidad, nos cincelaron las ganas de ver cine; a esos anónimos de cualquier arte –sobre todo “industrial”– que no solo resisten a la suela Goliat, sino que la amaestran, la vuelven su propio circo de pulgas (algo que pica, pero que es fascinante en su funcionamiento). Sus películas: Los locos Addams 1 y 2 (muñequitos vudú de absurdos tamaño Edward Gorey), El nombre del juego (Travolta jugando a ser todo lo que Raymond Chandler hubiera escrito bajo una sobredosis de endorfinas), Wild Wild West (tropezón de autor, quizás el error como arte lúdico de quienes descreen de la autoría), y la lista sigue –no mucho, eh–; pero lo que es seguro es que está encabezada por ambas Hombres de negro.
“Siento que se perdió el sentido de la película como un todo. Si hoy salís de ver una comedia y tenés cuatro o cinco momentos para contarles a tus amigos, ya está, eso es una película.”
La saga está basada en un cómic que hacía de un tagline sci-fi de los años 50 (“¡Están entre nosotros!”) el colmo de la burocracia intergaláctica: los dos agentes símil FBI, parte de una institución que administra la vida intergaláctica en la Tierra, son el corazón del modo Sonnenfeld. Como sus marcianos, su cine vive entre nosotros, asimila la rutina cotidiana pero, en lugar de aceptarla como penitente, decide alterar pequeños rincones, formas y usos. Y lo hace de una forma que hay que saber ver; que demuestra que, antes que una prisión, Hollywood y su cuerpo (obviamente usurpado) son una elección. En palabras de Sonnenfeld: “No quiero sonar como un director viejo y enojado. Creo que mi visión de la comedia me pone en un lugar que es lejano al tipo de cine que se hace en la actualidad. Eso me convierte en una especie de forajido”.
Sonnenfeld habla acerca de los cambios en el cine durante ese período que va desde MIB II hasta su nueva MIB III, aquellos diez años en los que fue extraditado al reino de la TV: “Creo que hubo dos cambios que han sido muy específicos y notorios. En el ámbito de la comedia, la mayoría de ellas han perdido la necesidad de crear un estilo visual que las contenga. La comedia se ve realmente diferente de como solía ser, al menos diferente del estilo de comedia que yo realizo, que está más pensada desde el control y desde la construcción de una estructura visual y narrativa que no solo contiene humor sino que además se retroalimenta de él”. Obviamente, el aspecto que sigue tiene que ver con la tecnología y el uso del 3D en la nueva MIB III: “El aspecto de los efectos digitales, es decir, lo que ha pasado en términos de lo que se puede o no hacer a la hora de crear una imagen, ha sido tremendo. Al final de Hombres de negro III, la historia se sitúa en Cabo Cañaveral, en el medio del lanzamiento del Apolo 11: se puede construir un set sin que eso implique el costo que antes significaba. Creo que el 3D realmente llegó para quedarse, no para repetir su famoso histeriqueo a lo largo de la historia del cine. En esta película intenté exprimirlo al máximo, sin ponerme grandilocuente, sino aprovechándolo como recurso”.
Sonnenfeld habla de algo que le cuesta admitir, pero la aventura risueña, amable, más con forma de juguete que de porro, ha ido perdiendo terreno. Basta con ver Land of the Lost (con Will Ferrell hermético a la aventura y siempre como una mutación de sí mismo, y con su hermoso infantilismo) o Your Highness (donde el THC desplaza a la Excalibur) para comprobar esa nueva hegemonía. “Tiene que ver con la expansión de Saturday Night Live: las comedias hoy son más una serie de instantes cómicos, más anárquicas pero al mismo tiempo más forzadas. Más centradas en la gracia y en el chiste que en el relato o en el desarrollo del personaje. Y creo que por la forma en que la comedia ha sido construida desde la televisión (sumada a su reflejo en el cine), la gente también está más interesada en estos momentos que en el relato. Es un circuito de doble vía”. ¿Dónde deja este modelo a Sonnenfeld, sobre todo considerando la aventura cómica, cuando suele asumir la forma de objeto suprainfantil (aunque haya casos felices –pero sin identidad– como el de Viaje 2)? “Tampoco quiero sonar rencoroso, pero siento que se perdió el sentido de la película como un todo. Si hoy salís de ver una comedia y tenés cuatro o cinco momentos para contarles a tus amigos, ya está, eso es una película. Ahora, gracias a la fotografía digital, podés poner la cámara en varios lugares al mismo tiempo, entonces la improvisación gana un lugar muy grande en el rodaje, y ese simplemente no es mi estilo. Me siento más cómodo estableciendo un control. Y creo fervientemente –salvo por la excepción que pueden dar algunos nombres tremendamente habilidosos con la comedia– que los actores no van a decir cosas más graciosas que las que puede escribir un guionista. Trato de no poner muchos comediantes en mis películas; con uno solo basta.” En tiempos de Los Vengadores, Sonnenfeld está muy cerca de la subversión con sus MIB III, amablemente lo-fi (o, mejor dicho, de corazón y armazón hi-fi, pero de latir y narración nada elefantiásicos). “Es importante que los actores puedan actuar frente al villano”, argumenta; y eso explica su elección del maestro de maestros Rick Baker para ocuparse del maquillaje, como prueba de su creencia en la educación física del cine. Se lo siente un poco cascarrabias, pero el ánimo de Sonnenfeld dista de serlo; más bien se parece a un francotirador, uno que dispara cosas y, en lugar de matar, logra que sus municiones sean vitamínicas para Hollywood. Le hace agujeros por los que ventilarse. Sonnenfeld es un director que, como sus agentes MIB, hace secreta su existencia. Su reflexión sobre la nueva televisión y la idea de que quizás ella captura ese ánimo lúdico muestran su esencia: “Lo que me sorprende es que mi forma de narrar, o la idea de narración que defiendo, es de alguna manera específica del cine. La televisión no tiene la misma potencia. Yo creo en el cine”.
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Hombres de negro III , de Barry Sonnenfeld.
Con Will Smith, Josh Brolin y Tommy Lee Jones












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