6/07/12 Cine
El chico de la bicicleta, de Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne

Mejor de lo mismo: los hermanos Dardenne renuevan su cine y consiguen emocionar con El chico de la bicicleta. / Por J.B. Morain
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A punto de cumplir doce años, Cyril se encuentra en un hogar, abandonado por su padre (Jérémie Renier), quien se fue sin avisar después de haber vendido la bicicleta que su hijo quería tanto. Gracias a su obstinación, Cyril encuentra a su padre y a su bicicleta.
Comienza entonces una tierna historia entre el niño y Samantha (Cécile de France), la dueña de una peluquería que lo ayuda con su objetivo y decide cuidarlo en su casa los fines de semana. Hasta que Cyril comienza a hacer tonterías con delincuentes del barrio…
El primer reflejo es decir que los hermanos Dardenne hacen siempre la misma película: social, sin psicología, formalmente rigurosa, humanista, sin complacencia; una constatación fría y sin juicio moral sobre una sociedad y una época que buscan referencias afectivas en una confusión de sentimientos. El cliché es verdad y se repite acá otra vez. Pero el placer de los cineastas monomaníacos (Hong Sang-soo podría ser otro) reside evidentemente en los ínfimos cambios que operan de una película a otra. Porque los Dardenne, que vuelven sin cesar sobre la escena de su crimen anterior para rehacer siempre la misma obra –como si, en el fondo, buscaran comprenderla mejor–, son ases del detalle, conscientes de lo que hacen y de lo que modifican en el seno de su sistema bien aceitado. Y cada uno de sus gestos tiene un sentido.
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Los Dardenne vuelven sin cesar sobre la escena de su crimen anterior para rehacer siempre la misma obra, como si, en el fondo, buscaran comprenderla mejor.
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Aunque parezca orientado hacia lo real, el cine de los Dardenne jamás se abandona al azar ni a lo deforme. Desde luego, lo real y su grano a veces grueso se imprimen en la película, pero los dos directores extraen de eso lo que más les conviene. Hacer una decena de tomas como ellos las hacen es seleccionar, tamizar infinitamente lo que penetra en el objetivo de la cámara.
Más de una vez en la película Cyril pierde su bicicleta o se la roban. Una bicicleta que simboliza a la vez su apego a su padre y la libertad. Por primera vez, también, los cineastas belgas filman en verano, siempre en su ciudad Seraing, al lado de Liège. Descubrimos entonces un suburbio obrero de repente más luminoso, más colorido. Y luego, una pequeña revolución: la presencia, aunque minúscula, de algunos retazos de música (clásica) como nexo entre los “capítulos” del relato. Detalles, sin duda, pero que vienen del deseo de renovación de los Dardenne, de la búsqueda constante de producir películas cada vez más bellas, variadas y perfectas.
Recordemos, finalmente, que su cine, a costa de una impresionante dirección de actores, sigue siendo emocionante. El momento más fuerte de la película, casi dreyeriano, se sitúa esta vez llegando al final. Y más referentes: el título que recuerda al neorrealismo italiano, en su vertiente De Sica (El ladrón de bicicletas) y no Rossellini –aquel otro de los grandes modelos de los Dardenne. Y ese último plano, que nos inspira la frase de los Evangelios que cita Rachel Cooper (Lillian Gish) al final de La noche del cazador, y que habla de los niños desgraciados y dice “They abide and they endure” (“Ellos resisten y perduran”). Y que parece estar hablando de los belgas.
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EL CHICO DE LA BICICLETA (Le gamin au vélo)
De Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne
Con Thomas Doret, Cécile De France y Jérémie Renier












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