19/07/12 Cine
El dictador, de Larry Charles

Sacha Baron Cohen vuelve a hacer detonar la comedia con otro de sus personajes en extremo desquiciados. / Por Juan Manuel Domínguez
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En El dictador, la nueva comedia de destrucción masiva ejecutada por Sacha Baron Cohen –cómico jirafón de estructura ósea y anarquía similar a la de un posible nieto de Groucho Marx– y sostenida por la dirección de Larry Charles (Seinfeld, The Office, Borat), hay un instante pequeño que comprime el modus operandi de la película: Haffaz Aladeen, dictador suprahedonista de la república africana de Wadiya, está perdido en Manhattan; la CIA le afeitó su barba á la James Harden y ahora él le pide ayuda a un policía. Luego de recibir el maltrato de los New York City Cops, en un tono de voz digno de Borat (aquí se pierde la improvisación y se gana en género), sostiene: “¡Los policías acá son unos cerdos fascistas!”. Ok, es divertido y “de denuncia”, pero el verdadero chiste, lo que muestra que el humor bomba de Cohen siempre tiene un cable oculto imposible de cortar y de desactivar, es lo que está en la frase que sigue: “¡Y ni siquiera son fascistas como corresponde!”.
Cohen abandona el espectáculo de la cámara oculta (que era clave en Borat, comedia experimental en la que la performance era más vital que el verosímil, y en Brüno, la versión Vogue de Borat editada aquí en DVD) y se lanza a esa especie de subgénero en el que un personaje cambia de hábitat para ser felizmente reeducado. Pero, así como cuando se apoya el pulgar en el extremo desde el que sale el agua de una manguera, El dictador dispara hacia todos los wines de un forma tan espectacularmente incisiva y tan inteligentemente bobalicona que, más que a un cuerpo, se parece a un virus. No hay unidad narrativa: la barbarie con que el dictador Aladeen satisface cada uno de sus placeres (Megan Fox haciendo de sí misma: un gato que vale oro, y que Aladeen puede pagar) es la misma con la que Cohen se impregna y abolla lo políticamente correcto (y también lo políticamente incorrecto). Es capaz de pasar, sin otro sentido que la sátira y la comedia, de una discusión científica sobre por qué un misil nuclear tiene que ser puntiagudo a una patada en la espalda de un nene caprichoso; de un videojuego estilo Wii en el que se recrea –en primera persona– la matanza de las Olimpiadas de Munich a un discurso final, digno de toda lucidez, en el que compara con contundentes datos reales a los Estados Unidos actuales con una dictadura.
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El dictador dispara hacia todos los wines de un forma tan espectacularmente incisiva y tan inteligentemente bobalicona que, más que a un cuerpo, se parece a un virus.
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Cohen es brutal y burdo. Es capaz de ofender tanto en el supermercado vegano y orgánico de Park Slope, al que llega cuando queda afeitado y suplantado sin que el resto del mundo lo sepa, como en una sesión de tortura –gentileza de la CIA–, en la que se mofa de lo “fuera de onda” que están los instrumentos de sus torturadores. La acumulación, antes que en una virtud o un defecto, se convierte en su forma natural de moverse, como si fuera una sierra, cortando por igual por donde pasa: Cohen sabe cómo lanzar sus comentarios, incluso hasta logra que el catador de mierda de perros deje de reírse a carcajadas y se aterre un poco (un diálogo da cuenta de que el dictador ha violado nenes de siete años, y la forma en que él niega que sus suicidios hayan sido culpa de este evento es una de las formas más amorfas y salvajes de su comedia).
Como alguna vez dijo el crítico J. Hoberman, Cohen es dueño de una idiotez temeraria, pero esa idiotez es política, capaz de crear un vía crucis único de tensión cómica. Es una topadora que va abriéndose paso y apilando lugares comunes (conservadores, liberales, veganos, carniceros, incluso desfachatados), hacia un precipicio donde todo puede suceder: desde usar la cabeza decapitada de un negro como marioneta para asustar a un amigo hasta contar el chiste más Tristán de la galaxia. Así como Burton logró crear en Johnny Depp al monstruo ultracool y de corazón gigante, Cohen y Charles (la fuerza estructural que sostiene todo) han creado al monstruo sin filtro, el que refriega sus monstruosidades contra todos los lugares comunes que sostienen el día a día. Nadie se anima a pisar donde pisa Cohen; nadie se anima a su comedia experimental: el dictador puede ser una criatura abominable (el genocidio, la violación y la pregunta animal frente a la noticia de que será padre: “¿Es un varón o es un aborto?”), pero no es más que la forma bípeda, machista (“que las mujeres estudien es como cuando los monos andan en patín: a ellos no les sirve de nada, pero para nosotros es divertidísimo”) y sentimental lo que hace de Cohen un tipo con un magnífico y revolucionario humanismo.
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EL DICTADOR
De Larry Charles
Con Sacha Baron Cohen y Ben Kingsley












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