12/05/12 Cine, Reseñas de cine

Ser o no ser


Anónimo aviva la polémica basada en la teoría de que Shakespeare no es el verdadero autor de sus obras. / Por Javier Diz

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Con la excepción de El patriota (2000), el alemán Roland Emmerich dedicó quince años de carrera a destruir en pantalla todo lo que le vino a la cabeza. Con ayuda de extraterrestres, Godzillas y catástrofes climáticas, la etapa “destructiva” de su filmografía arrancó con los Estados Unidos en Día de la independencia (1996) y fue por todo en 2012 (2009). Anónimo, entonces, podría ser una muestra de coherencia: no le quedaba nada por derribar, y ahí va, a probar nuevos terrenos, en este caso, una propuesta inesperada de acuerdo a su prontuario.

Lo que aborda Emmerich en Anónimo es una teoría que arrancó a tímida voz hace un par de siglos y que se instaló firme a principios del siglo pasado, cuando en 1910 alguien se plantó, investigó, y se animó a afirmar que el mismísimo William Shakespeare era, básicamente, un caradura que apenas sabía escribir torpemente su firma, y que ninguna de sus obras fue escrita por él. Y hay mucha data que apuntala esta hipótesis. Para empezar, los hechos dan cuenta de que no existe manuscrito alguno de su autoría, ni siquiera una carta. Más: está demostrado que su padre y sus hijas fueron analfabetos (firmaban con una equis), y así y todo, el loco William estaba dotado de un vocabulario exquisito; sus obras evidencian un profundo conocimiento de Europa, principalmente de Italia, mientras que el supuesto escritor nunca habría salido de Inglaterra; en su testamento no menciona a su obra, que se interrumpió cuando se retiró a los cuarenta y tantos y curiosamente no continuó (nunca más escribió una línea). Claro que para los investigadores acá no termina el asunto, porque la cuestión es quién cuernos podría haber sido el genio detrás de Romeo y Julieta y Hamlet, por tirar un par de hits. Especulando con los elementos en juego, el rompecabezas desembocó en un tal Edward de Vere, conde de Oxford (las obras de Shakespeare mostraban un conocimiento del puterío palaciego del que cualquier hijo de vecino era ajeno), quien en su época se destacaba como un gran dramaturgo entre la realeza, pero que no podía desarrollar su costado artístico debido a que por entonces volcarse al arte y la poesía era casi un desaire a su condición de noble. Así, el triste conde debió haber escrito estas genialidades para que un joven Shakespeare, actor de cuarta y chanta profesional según esta teoría, oficie de testaferro y pase a la historia como lo que terminó siendo. El director de origen alemán no tiene más que vestir a sus actores y embarcarlos en una historia fascinante desde donde se la mire, en una película que se destaca –como en sus aventuras catastróficas previas– por el diseño de producción (le meten CGI hasta al siglo XVI) y por ir a fondo hasta el lugar en el que desemboca todo esto. La pifia en la representación del joven Shakespeare, calzado en el estereotipo de bufón de cuarta, demasiado consciente de su lugar de usurpador y ventajista. Pero aprovecha al autor inglés (sea cual sea), o más bien sus obras, para hacer foco en las alegorías que aquellas tragedias ponían en juego, refiriéndose a entongues de la nobleza del momento, puntualmente en Ricardo III, que anticipan el final de la historia (la del conde y la de la película).

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Dicen por ahí que Anónimo reavivará la polémica entre Stradfordistas (los que defienden a capa y espada a Shakespeare –que era de Stratford-upon-Avon–) y los Veristas (que van a full con el conde reprimido). Ahora, en el afán de revisar fraudes monumentales, qué lindo sería que alguien se animase a meterse de verdad con esa inquietante teoría que dice que el hombre nunca llegó a la luna, ¿no?

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Anónimo (Anonymous)
De Roland Emmerich
Con Rhys Ifans y Vanessa Redgrave

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