4/05/12 Cine
Stanleenismo

Por estos días, los amantes de los cómics ven concretarse una vieja ilusión: se estrena la adaptación cinematográfica de Los Vengadores, una de las tantas creaciones de Stan Lee. Del otro lado del teléfono, quien fuera una de las firmas más reconocidas del arte de las viñetas rememora épocas pasadas y analiza el presente y el futuro del superhéroe. / Por Juan Manuel Domínguez
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Stan Lee es, sin lugar a dudas, el nombre más conocido de la industria de la historieta. “Bueno, sería raro decir lo contrario. Pero eso no quita que trabaje día a día, de hecho, si somos sinceros: ¡eso no dice demasiado!”, sostiene Lee, del otro lado del teléfono, y al parecer, de su propia leyenda. Es que ser ese “nombre más conocido”, bien lo sabemos, true believers, no implica ser el más leído, el más reverenciado (o latigueado) por la crítica, o todos esos “más” que siempre se activan a la hora de hablar de los grandes valores del cómic. Lo que sí es seguro es que Lee es la cara, mutada en franquicia, de uno de las más bipolares artes que ha engendrado la industria cultural americana: las historietas. Y esa cara, bigotuda, con voz y tono –y frases– de presentador de circo de comienzos del siglo pasado, ha sido blanco de tantos besos como de dardos: Lee, es, por un lado, el Dr. Frankenstein del mito del héroe, el que revivió en los años 60 a la criatura que alguna vez había vendido millonadas cuando Superman, en 1938, andaba levantado autos y status quos; por el otro, Lee se ha hecho una compleja fama como mercenario, como alguien que sostiene haber sido el creador de un género, de semideidades pop como Spiderman, Hulk, los X-men o Los Vengadores, alguien cuya mayor creación es su propio personaje: ser Stan Lee. Y dice: “Se quién soy: alguien que trabaja tanto como lo hacía hace cincuenta años. Y que descubrió que lo que quería contar era lo que el mundo quería escuchar”.
Esas capas (ni calzas ni botas) que hacen a Stan Lee definen las puñaladas y las marchas del orgullo que dan forma a la industria casi centenaria del superhéroe. El octogenario Lee, al teléfono con motivo del próximo estreno de Los Vengadores (ese rejunte anabólico de varios films de la Marvel Cómic, hogar y prisión de Lee cuando creador, editorial a la que Lee revitalizó cuando era guionista estrella de “la casa de las ideas”), recuerda aquella época (post su Fantastic Four #1 de 1961) en la que hizo de la redacción de Marvel un hervidero de ideas y de varias otras cosas (para que entiendan lo que implicó este cómic: Pete Sanderson definió la era iniciada por este como: “lo que en términos cinematográficos implicó la aparición de la nouvelle vague”): “Todo lo que recuerdo de mis días como editor y guionista es que era un trabajo increíble, en el mejor ambiente del mundo posible. Estaba rodeado de los mejores artistas del momento: no importaba lo que yo escribiera, ellos hacían que se viera incluso mejor. Jack Kirby, Steve Ditko, John Romita, Gil Kane, Gene Colan, John Buscema”.
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“Reinventamos un género, no lo creamos. La esperanza era poder pagar el alquiler, no crear personajes que vivieran medio siglo después.”
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Lee mezcla, al hablar, el discurso canónico nerd –el panteón que menciona es un milagro artístico y espacio-temporal– y su talento para una cálida labia del show-business. Pero, por ejemplo, a comienzos de los setenta, Lee era el hombre del momento y había dejado de ser “el que entró en los cómics por ser el sobrino de tal” para ser designado como presidente de la Academy of Comic Book Arts, una entidad dedicada a generar una premiación anual y a iluminar nombres de una industria muy acostumbrada a encorvarse. Él sería el presidente, mientras que Neal Adams –dibujante icónico de Batman en los setenta y uno de los principales activistas por los derechos de los dibujantes frente a las compañías–, el vice. En las reuniones, Lee le pedía a Adams que se quede cerca ya que “no recordaba los nombres de la mitad de las personas que estaban en la habitación”. Adams: “Stan, sos el editor en jefe de la mayoría de esta gente”. “No soy bueno a la hora de los nombres”, dirá Lee. “¿Ese que viene ahí caminando? ¿Quién es?”. Adams: “Es tu mejor dibujante, John Buscema”. Tiempo después, la ACBA se desbarató: Lee representaba a esa veta industrial que Adams quería combatir.
Tampoco es desconocido el hecho de que Jack Kirby (la mítica dupla Stan “The Man” Lee y Jack “The King” Kirby), es decir, el nombre en lo que respecta a creatividad y creación –y arte, y respeto– en los supercómics, solía mofarse, enojado, del grito de batalla con que Lee se dirigía a sus lectores y sostenía “¡Excelsior mis pelotas!”.
Entonces, ¿Lee esconde, a lo Luthor, un villano que juega al poco memorioso y que el público general desconoce? Sería ir demasiado lejos. Lee es ese creador de cientos de personajes. Es un nombre vital, superpoderoso, a pesar y gracias a sí mismo. Es el co-creador de esos miles de personajes, y ahí está la diferencia vital (la que generó juicios, de valor y de los otros). Lee fue el principal nombre detrás de esos dibujantes que menciona, fue quien tomó un género raquítico (o al que le faltaban treinta años para ser leído bajo clave camp) y le insufló vitalidad, además de humanidad, y de un día a día, de problemas terrestres y económicos, de una serie de combinaciones que extrañamente serían el motor de la industria cultural medio siglo más tarde. ¿O cómo es posible que, tanto tiempo después, los superhéroes se hayan convertido en la última esperanza de Hollywood para conquistar la industria cultural? Qué los modos de venta y recreación del mito del superhombre sean moneda corriente en Hollywood no habla tanto de la potencia de diseño de esos personajes (aunque sí, obvio, todos sabemos que Superman y Spiderman van a andar en vaya uno a saber qué aventura cuando nuestros bisnietos no sean otra cosa que polvo), sino de cómo Lee creó una forma de contar y de vender aventuras con tanto ánimo ganapanes como circense. “Nunca imagine que pasaría algo así con los personajes de Marvel. Cuando era más joven, no pensaba que ni en un millón de años existiría algo como una película de Los Vengadores. Tuve roces con Hollywood, pero a veces se acercaban más a otra cosa. De hecho, ese tono festivo, de vendedor ambulante de otra galaxia, o que vende las cosas más lindas del planeta, lo tuve que inventar por necesidad. Había que vender, había que entusiasmar. Siendo sincero, no soñaba con nada que no fuera un cheque a fin de mes. Mucho menos que medio siglo después habría una serie de películas de personajes de Marvel que llevarían a una cosa así como la película de Los Vengadores. Y eso que éramos una generación de pragmáticos soñadores.”
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“La gente ama la idea del héroe. Hay un sesgo de humanización que se activa cuando se lee sobre alguien que pelea contra el mundo en pos de salvarlo.”
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Quizás ese término, el de “pragmáticos soñadores” de una idea más cercana a la humanidad de Lee; como sus artimañas y sus cariños fueron fundamentales para que, bien o mal, hoy exista una industria capaz de contener por igual a “soñadores pragmáticos”. De hecho, Lee confiesa que nunca vio en Hollywood esa salvación económica que ansiaba, aunque es sabido de sus reuniones varias en cada instancia de las adaptaciones que hoy serían moneda corriente en la cartelera, y donde él se ha convertido en un pequeño chiste a partir de aparecer, à la Hitchcock, en cada una de ellas: “No, la verdad es que no me imaginé nunca en Hollywood, algo que hoy sucede con muchos guionistas de cómics. Cuando escribía estos cómics era todo más llano, el sentido de franquicia existía en otros lugares. No veía ese potencial”. Y sigue: “Te dabas cuenta de que había algo ahí. Pero también considerábamos lo que nos pasaba como un fenómeno aislado: mi mayor sueño era que los personajes pudieran salir el mes siguiente una vez más, y eso en la medida que implicara que siguiéramos trabajando. Es decir, no tanto la defensa de un género, sino de una forma de trabajo. Suena extraño, hasta agresivo, pero el cómic estaba hecho de modas, hasta los superhéroes vivían de forma titilante cuando los agarramos. Reinventamos un género, no lo creamos. La esperanza era poder pagar el alquiler, no crear personajes que vivieran medio siglo después”.
Como leerán, ahí Lee usa el “nos”: la persona nominal ha perdido toda la inocencia posible en Lee. Pero, si bien sostiene “Lo único que me motivó a escribir los Fantastic Four, el cómic con él que cambié todo, fue hacer las historias que creí que quería leer la gente” (aunque agrega:“no sé que hubiera sido de mí si me daba cuenta de que no era así”), cuando se le pregunta si puede ver algo de su influencia en El caballero de la noche, el film de Batman dirigido por Christopher Nolan, dice lo siguiente: “¡No lo veo de esa manera! Si he sido una influencia, estoy muy orgulloso de ello. Me hace feliz. Pero cualquiera puede influenciar a otra persona. De eso estoy seguro. Spiderman debe tener más que ver con mi vida en Nueva York que con relatos que haya leído, y al mismo tiempo, sin esos relatos no tendría un sentido de la aventura y la humanidad con que construir mis propias ficciones. Cualquier historia puede influenciarte, cualquier cómic puede ser fundamental en la vida de alguien. Sea para pagar el alquiler o para distraer al niño mientras hay que hacer una triste mudanza involuntaria. Yo fui influenciado por todo lo que vi y leí. Pero cuando veo una película, como El caballero de la noche, no pienso en la huella mía que de forma remota o no está ahí; me pierdo en el relato. Me siento, la disfruto y todavía poder hacer eso es mucho. Eso es lo que hay que hacer”. Lee es uno de los grandes y complejos nombres de la historieta, y si alguien puede hablar hoy día, cuando Los Vengadores domina la pantalla, sobre qué será del futuro de superhéroes, es él: “Nosotros vamos y venimos. E incluso eso me permite definir lo que son los superhéroes hoy en día. Es más, no solo hoy en día, cualquier día, en cualquier época: los superhéroes de cómic representan aquello que la gente ama. Por los motivos equivocados o los correctos, la gente ama la idea del héroe. Robin Hood o Superman, hay un sesgo de humanización que se activa cuando se lee sobre alguien que pelea contra el mundo, en pos de salvarlo. La gente siempre va a amar esas historias. Y siempre va a tener que pagar el alquiler”.
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Los Vengadores (The Avengers)
De Joss Whedon
Con Robert Downey Jr., Chris Evans y Mark Ruffalo












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