18/10/12 Cine

Un reino bajo la luna, de Wes Anderson


Ahí está todo, en la hipnótica imagen de Suzy vestida de cuervo, en el camarín, haciendo contacto visual con Sam por primera vez. Ahí está todo, todo lo que está bien y lo que está mal en el cine de Wes Anderson: su poder de encantamiento y su reverso, el ingenio un poco cegador; el artificio más estimulante y su contracara, lo inauténtico.

Moonrise Kingdom, el regreso de Wes Anderson con su historia de amor preadolescente, parece prometer en sus instantes iniciales devolvernos al terreno de Rushmore (Tres es multitud) y Los excéntricos Tenenbaum, universos de chicos precoces y adultos frustrados, pertenecientes a la época en que su soberbia estilización todavía no había sido copiada hasta el agotamiento por los publicitarios, y en su minucioso diseño había aún vitalidad. Es decir, antes de que su sensibilidad de encuadres perfectos y diálogos y tiempos y situaciones calculadísimas dejaran de parecer el producto de una mirada azorada y maravillada ante el mundo, para empezar a sentirse un poco como pose y esnobismo. Recuerden el corto del hotel que prologaba Viaje a Darjeeling, su cima de precisión y control.

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A un controlador como Anderson el trabajo con animación de muñecos de plastilina por stop motion le ofrecía una oportunidad única, y si El fantástico Mr. Fox es, como señalaron algunos críticos, la película de Anderson para aquellos a quienes no les gustan las películas de Anderson, es porque se trataba de un material y de una materia esencialmente distinta de la de sus otras películas. Una materia hecha para ser controlada, que cobra vida cuanto más aplicada y acerada es la ejecución de su artificio, cuando más exacta su puesta en escena. Moonrise Kingdom es, de algún modo, un regreso a la escala de Rushmore pero habiendo atravesado esa experiencia única en la juguetería que fue su película de animación. En ese sentido, no puede decirse con sentido ni justicia que no sea una buena película: es prácticamente perfecta en lo suyo, como una gran película de animación en la que los sets son sus casas de muñecas y sus actores –que se entregan a su juego por completo– son sus muñecos de plastilina. La composición de sus imágenes es extraordinaria, el trabajo de la banda sonora absorbente. Es uno el que sencillamente acepta la propuesta de Anderson y entra, o decide quedarse afuera.

Y el problema entonces, como tantas otras veces, son las expectativas generadas, la idea con la que uno entra al cine: las menciones a películas como Los 400 golpes y La piel dura, de Truffaut, o Melody (el “clásico” secreto de Waris Hussein escrito por Alan Parker en los años setenta, más reconocido por acá que en buena parte del resto del mundo), entre la colección de referencias e influencias sobre amores precoces que ha mencionado el propio Anderson y la crítica desde su estreno en Cannes, pueden llevar a anticipar algo muy distinto de lo que Moonrise Kingdom es en rigor y se propuso ser. Es cierto que en su centro sí tiene a dos chicos de doce años, que se fugan juntos y se declaran mutuo amor en una playa en algún lugar de Nueva Inglaterra a mediados de los sesenta. Y que hay algo en estos dos chicos que insinúa un sentimiento sincero: ella proviene de un hogar quebrado, está presa de una angustia apenas contenida cuyo origen no es explícito pero más o menos podemos intuir; él es un huérfano que ha estado saltando sin suerte de hogar en hogar sustituto, y al comienzo de la película ya es el consumado boy scout con gran manejo de la técnica y pobres habilidades sociales que ha pergeñado la fuga con la chica a la que conoció casi por accidente, vestida de cuervo. En el comienzo, las piezas centrales están dispuestas para dar forma a una historia conmovedora, y los completos desconocidos que interpretan a los chicos son realmente hallazgos: ella, Kara Hayward, parece más madura –física y psicológicamente– que él, como suelen parecerlo las chicas en la vida real. No solo eso: consigue ser sexy en ese instante transicional, que es la preadolescencia, sin hacernos sentir como pedófilos. Cuando la parejita fugitiva ensaya un beso “francés”, o cuando ella lo habilita a tocarle una teta, hay tensión sexual y ternura, todo a la vez. Jared Gilman (Sam), en cambio, también es una revelación, y es un aparato, como pueden serlo muchos chicos sensibles a su edad, pero siempre parece menos un prepúber inadaptado y enamorado que su caricatura.

Anderson ha dicho que su película no se basa en un recuerdo específico de su infancia sino en el recuerdo de un mundo ideal de la infancia, uno que soñó o deseó de chico. Las viñetas estáticas en las que descompone el retrato de ese universo idealizado son subyugantes por momentos, como la mirada de Suzy en su disfraz de cuervo. Si uno las toma solo como eso, como una sucesión de bellas ideas visuales aisladas, como postales tenuemente hilvanadas entre ellas, pueden ser maravillosas, tiernas o graciosas; la materia de un cine imaginativo como no hace casi ningún otro autor. Pero si uno busca un poco debajo de la superficie, o quisiera poner en secuencia esas viñetas, se encontrará con que no hay nada más, que es solo la caricatura de otra cosa. Los actores adultos –Murray, Norton, Swinton, McDormand, Willis–, nuevos o habitués de la troupe Anderson, congelan para él su mejor cara de comedia deadpan, mientras la historia de amor se descascara escena a escena. Hacia el final, el que pensó en Melody o en Los 400 golpes, habrá estado rascando en vano bajo las imágenes perfectas de una película en la que todo es como el relámpago que alcanza pero apenas chamusca al protagonista: un evento deslumbrante, hipnótico, de apariencia fulminante, pero que no tiene consecuencias verdaderas ni perdurables. / Mariano Kairuz

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UN REINO BAJO LA LUNA (Moonrise Kingdom)
De Wes Anderson
Con Jared Gilman, Kara Hayward, Bruce Willis y Edward Norton

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