21/05/12 Escenas

La madurez del fruto


Escritas y dirigidas por Mariana Chaud, y estrenadas en simultáneo, Isóceles y En la huerta son cara y cruz de una misma forma de entender el teatro: una mirada sobre la atracción y las pasiones que, a partir de cierta osadía formal, logra calar hondo. / Por Alejandro Lingenti

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El hombre puede soportar hambre y guerra, pero la verdadera tragedia es la tragedia de la alcoba”, asegura Tolstoi en Anna Karenina. “Creo que puede tener razón”, dice Mariana Chaud, medio en broma, medio en serio. Y si reparamos en las dos obras que tiene ahora mismo en cartel –En la huerta, los domingos a las 18 en el Espacio Callejón, e Isósceles, los viernes y sábados a las 21 en el remozado Chacarerean–, podemos concluir que sí, que el amor es un tema muy importante para esta dramaturga y directora de treinta y cinco años que se formó con Nora Moseinco, Guillermo Angelelli y Ricardo Bartís, trabajó como actriz con Vivi Tellas, José María Muscari, Lola Arias y Mariano Llinás, y dio sobradas muestras de osadía cuando pisó los solemnes escenarios del San Martín, primero con Budín inglés y luego con Los sueños de Cohanaco. “Las escribí estando embarazada, quizás eso tengo algo que ver”, aventura Chaud.

En la huerta se llamó originalmente El horticultor autosuficiente y fue uno de los trabajos incluidos en el muy interesante ciclo “Proyecto Manual” del Centro Cultural Rojas. Para su estreno en el Callejón, Chaud decidió cambiar el nombre, pero mantuvo el elenco –Moro Anghileri y William Prociuk, de trabajos notables– y ajustó apenas algunos detalles de una trama amorosa heredera de la rica tradición de la telenovela.

Isósceles es protagonizada por un trío de amigos con derecho a roce que encarnan Dolores Fonzi, Violeta Urtizberea y Ezequiel Díaz. La obra empieza como una comedia semiadolescente y se va transformando en una historia de desengaños, rencores ocultos y frustraciones que sin embargo mantiene siempre el humor como eje. “Los personajes de Isósceles tienen un gustito por dejar afuera al otro, o por ponerse en el lugar de otro. Es un circuito que funciona de ese modo: cada uno quiere ocupar el lugar del otro en algún momento de la historia. Y uno de los temas de la obra es el cambio de ese circuito, cómo va rotando”, explica Chaud. En el caso de En la huerta, se trata de un romance entre personajes que lidian con sus prejuicios de clase pero terminan entregándose a sus deseos para regalarnos un módico final feliz que difiere del clima de desencanto que Isósceles esconde detrás del velo de la diversión pasajera del triángulo amoroso. Dos caras de una misma moneda de altísima circulación: las relaciones amorosas.

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Entrevista > ¿Notás alguna continuidad entre las dos obras?
Mariana Chaud
: Sí. A pesar de que se estrenó después, Isósceles es anterior a En la huerta, y creo que efectivamente hay varios “contagios” entre las dos. En Isósceles hay una primera parte que está más enfocada en la adolescencia de los personajes y tiene más humor. Pero la segunda parte ya tiene bastante más que ver con En la huerta, aunque es una obra más discursiva, con personajes que hablan mucho sobre sí mismos.

¿Reescribís mucho tus textos?
Reescribo bastante, sobre todo durante el proceso de ensayo. No soy tan obsesiva con el asunto de llegar con un texto perfecto al primer ensayo.

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“A nivel estético, el teatro fue más delirante y más libre en los noventa.”

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¿Cómo evaluás a la distancia las experiencias en el Teatro San Martín?
No podría haber hecho las dos obras que hice ahí en el off, eso seguro, por temas de producción, por la cantidad de actores que llamé, etcétera… Desde ese punto de visto, lo veo como algo positivo. Después, la verdad es que algunas cosas se hacen un poco cuesta arriba: te obligan a tener decidida la escenografía con dos meses de anticipación al estreno, y al final todo llega una semana antes. Es una burocracia que no está pensada para algo más experimental. Y algunas personas que trabajan allí tienen una hostilidad manifiesta con el teatro independiente. No todo el mundo, porque hay gente muy valiosa también. Una vez, hubo que mover una escenografía y para eso se tenían que poner de acuerdo tres sectores diferentes del teatro. Y el día que la movieron, encontramos escrito en un pasillo “tanta escenografía para actores que no conoce nadie”. Te respetan si sos famoso, es medio patético…

¿Qué maestros te marcaron?
Aprendí mucho de Nora Moseinco. Empecé a estudiar con ella a los dieciséis, y empecé a ver lo importante que eran el juego, el humor y la libertad en el trabajo. Con ella me empecé a conocer a mí misma. Y Guillermo Angelelli. Él trabaja un lenguaje muy diferente al que terminé teniendo yo, pero me sirvió mucho su minuciosidad, su detallismo para trabajar en la dramaturgia.

En los noventa se produjo una fuerte renovación en el teatro independiente argentino. ¿Cómo ves aquella época en perspectiva?
Fueron años muy importantes para mí. Vi cosas espectaculares, que me marcaron mucho, como Raspando la cruz, de Rafael Spregelburd. Después vi La estupidez y aluciné, me parece su mejor obra, pero en verdad todo el trabajo de él fue muy importante para mí. Quizás me haya impactado especialmente el teatro que vi en esa época por la virginidad que tenía. También Paco Giménez con La noche en vela. Nombro estas dos obras para dar cuenta de que me gustaban cosas muy distintas. Fue un momento explosivo y también más individualista que el actual. Había grandes cabezas que marcaban el paso. A partir del año 2000, si queremos dividir el análisis por décadas, apareció un poco más fuerte la idea de la compañía teatral, la idea de no depender tanto de una personalidad. A nivel estético, el teatro fue más delirante y más libre en los noventa. Después hubo un quiebre hacia el hiperrealismo que significó una enorme exigencia para los actores pero que también le restó un poco de vuelo, de disparate a la actuación.

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“Los personajes de Isósceles tienen un gustito por dejar afuera al otro, o por ponerse en el lugar de otro. Es un circuito que funciona de ese modo: cada uno quiere ocupar el lugar del otro en algún momento de la historia”.

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¿No te parece que la política está un poco ausente del teatro independiente?
Puede ser. A mí particularmente me interesa la política, pero no se me ha ocurrido cómo reflejarlo en mis obras. Ricardo Bartís lo hace muy bien, creo que porque tiene mucho resto para hablar de ese tema.

¿Qué obras te gustaron mucho de las últimas que viste?
4D Óptico, de Javier Daulte. Me gustaron mucho las actuaciones, y yo me engancho especialmente con esa historia de realidades paralelas, de ciencia ficción. Me pareció notable lo bien que se las arregló para generar un ambiente que parece de una película de Spielberg con muy poco. Eso es buenísimo. Una historia de ese tipo me resulta mucho más interesante en teatro que en cine, tiene mucho más nivel de sugestión.

¿Por qué no trabajás tanto como actriz?
Porque no es tan fácil salir del lugar de dirigir y escribir, porque me empezaron a llamar menos y porque la maternidad tiene sus exigencias.

¿Qué cosa no va a haber nunca en una obra tuya?
Un salamín y queso de rallar. En una obra que estaba antes de una mía había, y el olor que quedaba en el ambiente era mortal.

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EN LA HUERTA
En el Espacio Callejón (Humahuaca 3759, CABA).
Domingos a las 19.30

ISÓSCELES
En el Chacarerean Teatre (Nicaragua 5565, CABA).
Sábados a las 21

Foto: Prensa Nicolás Levin

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