23/08/12 Libros, Reseñas de libros
Gira la noche, de Lucía Mazzinghi

El mundo como potencia y vacilación es el tema alrededor del que orbita la segunda novela de la escritora argentina. / Por Hugo Salas
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En su segunda novela, Lucía Mazzinghi toma la palabra, la hace girar como un caleidoscopio y deja que reverbere en cada una de sus páginas, a la manera del célebre monólogo interior de James Joyce (Mazzinghi es también autora de un ensayo sobre el Ulises publicado en 2005), pero con una peculiaridad: aquí el procedimiento no parte del yo, de una conciencia cerrada sobre sí misma (ni, por tanto, se sostiene en él), sino que ese centro, el personaje de Carmelo, está todo el tiempo visto desde afuera, como si se tratase, por así decirlo, de un monólogo exterior.
Parece ser la propia lengua la que monologa desde una voz al mismo tiempo atenta y dispersa, perceptiva y distraída, sensible e intelectual, permitiéndose vulnerar incluso los códigos de las convenciones gramaticales que la hacen posible, en un doble juego de autoafirmación y autonegación que tiene por resultado un texto eminentemente visual (en un doble sentido: por las imágenes que despliega y por el modo en que obliga al lector a relacionarse con esa forma que se despliega sobre el blanco de la hoja, a dudar incluso de su posibilidad de significar).
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Tal vez el mundo como potencia y vacilación (y no como voluntad ni representación) sea el verdadero tema de Gira la noche, esa esfera de la que ni siquiera nos sustraen el amor y sus relatos o el lenguaje secreto de la composición.
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De ese movimiento vasto, amplio, incansable, la narración se desprende como una excrecencia, un azar que por momentos asalta la novela e informa de ciertos sucesos que ocurren en las últimas siete jornadas de carnaval, hasta el miércoles de ceniza, a un músico, un tal Carmelo, que recuerda toda una tradición de la literatura argentina. La impresión de historia, sin embargo, es engañosa. Lo que se cuenta es retazo, es instante, es un destello, y apenas alcanza a configurar esa presencia que constituye el centro excéntrico del que parte esa andanada de palabras que amenaza incluso con su borramiento, con sepultarlo definitivamente entre una página y la siguiente, al tiempo que lo construye.
Tal vez el mundo como potencia y vacilación (y no como voluntad ni representación) sea el verdadero tema de Gira la noche, esa esfera de la que ni siquiera nos sustraen el amor y sus relatos o el lenguaje secreto de la composición. En todo caso, se afirma por medio de una aventura de lenguaje que invita al lector a ser parte de la odisea, lo hace responsable de sostener su interés, continuar, avanzar, desplazarse, por ese torrente que teje la verdadera trama de la novela.
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