27/07/12 Libros

“¡Me leen los jóvenes, por suerte!”


Hace cinco años, Aurora Venturini desconcertaba al campo literario al ganar, a los ochenta y cinco, un premio de “nueva narrativa” que marcó su reingreso tardío en el mercado. La reciente publicación del libro de cuentos El marido de mi madrastra es una nueva muestra de un fenómeno que se explica tanto por una escritura tenaz y despreocupada de sus ecos, como por un reformateo del canon narrativo. / Por Matías Capelli

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“He matado a la muerte”, dice, pícara y sabia, desde su silla de ruedas, Aurora Venturini. El año pasado sufrió un accidente, “una de esas caídas brutales”, dice, “y me tuvieron que hacer de nuevo. No sólo los huesos de las piernas: todo. Al principio no sabía ni hablar, me había olvidado”, cuenta ahora en el comedor de su departamento platense, ciudad en la que nació en 1920. Un año y medio de rehabilitación le llevó volver a recuperar la capacidad de caminar, aunque todavía, explica, se siente más segura en su silla de ruedas. Un año y medio en el que no dejó de escribir, mejor dicho, de dictarle a una asistente cuentos, capítulos de novelas, así como, puntualmente, sus columnas para el suplemento Las 12, de Página 12. Columnas que se llamaban “Rescates” y que consignaban historias de mujeres famosas fallecidas: artistas, escritoras, políticas, luchadoras, de Lucrecia Borgia a Laura Ingalls, de Marilyn Monroe a una anónima sindicalista peronista. Salieron hasta hace poco tiempo. “Escribí sobre más de doscientas mujeres excepcionales… ya no quedaban más”, dice Venturini a modo de justificativo. Y al igual que cuando bromeaba con que había matado a la muerte, pronuncia palabras que sabe que van a causar risa o al menos una mueca en su interlocutor, pero ella no se ríe, no: observa absorta el efecto que sus palabras van a causar. Un sentido del humor similar opera al interior de los relatos que integran el flamante volumen El marido de mi madrastra, y que no hacen más que confirmar un mismo estilo ligeramente divertido, perverso, delirante y violento –y en esta fórmula el adverbio es tan importante como el adjetivo– con el que Venturini deslumbró en sus novelas Las primas y Nosotros, los Caserta, publicadas en los últimos años.

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“Escribo desde los dieciséis años, todos los días. La piel de mis manos es suave pero tengo los huesos destrozados, casi como un albañil.”

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Estos tres libros, sin embargo (así como los próximos ¡seis! que ya tiene contratados el sello Mondadori), son solo el corolario de una obra que parecía condenada al olvido; un iceberg de más de cincuenta títulos que hace pie en la novela, el cuento, el ensayo y la poesía. Por no hablar de su vida: las solapas de sus recientes ediciones consignan que Venturini empezó a publicar en los años cuarenta, que recibió de Borges un premio para escritores nóveles por su libro El solitario, que fue asistente y amiga íntima de Eva Perón y que después de haber gozado de cierto prestigio y reconocimiento en los cincuenta debido a su indisimulable simpatía por el peronismo, con la llegada de la Revolución Libertadora, “la Libertadura”, se exilió en Francia. “Nunca hice política, yo simplemente admiraba la obra de Eva Perón. Lo pagué muy caro. Me echaron de los diarios en los que colaboraba, de todas las cátedras.” En París, donde vivió un cuarto de siglo, además de traducir a Villon, Rimbaud y Lautréamont, entre otros, frecuentó a Sartre, Camus, Ionesco y a Simon de Beauvoir. “A París la conozco como la palma de mi mano”, dice ahora rememorando orgullosa aquellos años. Y basta desviar unos instantes la mirada hacia las manos de esta mujer que en diciembre cumplirá noventa para toparse con dos extremidades grandes, fuertes, desproporcionadas en comparación con su cuerpo pequeño y flaco. “Escribo desde los 16 años, todos los días. La piel de mis manos es suave pero tengo los huesos destrozados, casi como un albañil.”

“La niebla, el crepúsculo”: de ese modo Venturini se refiere a la muerte. Sin embargo, en más de un aspecto, libros y autora están hoy más vivos que nunca. “Se ve que no, que yo no quería morirme todavía. Y si uno no se quiere morir, es así: no se muere.” El año pasado, sin embargo, no fue la primera vez que Venturini se sobrepuso a la muerte –en términos literarios, al menos. Porque aunque en los setenta volvió a radicarse en el país, desde entonces estuvo como expulsada del mercado; rechazada por los editores, terminó mandando sus novelas a concursos que nunca la premiaban y pagando de su propio bolsillo ediciones de autor. Pero nunca dejó de publicar. Y, mucho menos, de escribir. Hasta que a fines de 2007 protagonizó una de las sorpresas literarias del último lustro al ganar el Premio de Nueva Novela, organizado por el matutino Página 12, entre cuyo jurado se contaba Juan Forn, Alan Pauls, Rodrigo Fresán, Sandra Russo y Juan Sasturain, entre otros. “Los conocía a todos, algunos de nombre, otros de haber leído una nota; de Sasturain había leído un libro. Sabía que era gente que escribía, que entendía de literatura. Entonces mandé Las primas. La primera versión la había escrito en dos meses. Estaba segura de que iba a ganar.”

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“¡Me leen los jóvenes, por suerte! Los viejos no, ninguno me lee”

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Y Venturini ganó y su singular vida y obra fueron desempolvadas de los anaqueles del tiempo y pasaron a circular en los medios y, sobre todo, entre una camada de lectores para quienes era una completa desconocida. Por un lado tenemos la operación de marketing editorial, por supuesto, que intenta posicionarla en el mercado como una figura excéntrica. Sin embargo lo curioso es otra cosa. Lo curioso es que Venturini haya podido reingresar en el campo literario (un fenómeno de rescate que infrecuentemente ocurre con el autor en vida), que pueda ser leída hoy, que no haya quedado en las sombras como muchos escritores que a su edad, perdidos en el olvido y la intrascendencia, van a jugar al dominó a la SADE. “¡Me leen los jóvenes, por suerte! Los viejos no, ninguno me lee”, se relame orgullosa. ¿Cómo se explica? ¿Qué cambió en nuestras condiciones y horizonte de lectura para que Venturini ocupe hoy un lugar menor pero insoslayable, entre vanguardista y freak? ¿Qué cambió para que sus libros sean premiados por lectores sofisticados y publicados por una multinacional y traducidos al francés y al italiano? Lo que cambió en todos esos años en que Venturini no encontraba sus lectores y se volvía una suerte de paria (los ochenta y los noventa) es el canon. Pasó Copi, pasó Osvaldo Lamborghini, pasó Aira, pasó Laiseca, por citar los puntales de una tradición a la que Venturini viene ahora a sumarse como una tía abuela adorable que en las reuniones familiares prefiere sentarse en la mesa de los chicos. Bienvenida sea.

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EL MARIDO DE MI MADRASTRA
(Mondadori)
234 páginas

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