5/10/12 Libros, Reseñas de libros

Oremos por nuestros pasaportes, de Mercedes Cebrían


El libro de poemas Mercado común es la joya oculta que se esconde al interior de la obra reunida de la escritora española. / Por Matías Capelli

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A pesar de lo que se consigna en la tapa, Oremos por nuestros pasaportes no es una antología sino que es una suerte de obra reunida de Mercedes Cebrián. Una obra reunida que Mondadori editó en nuestro país con motivo de la visita de esta escritora española de poco más de cuarenta años, invitada a la última edición del FILBA y a unas jornadas sobre George Perec, a quien tradujo al castellano. No es uno, entonces, sino que son tres libros y algo más: el volumen de relatos El malestar al alcance de todos, de 2004; el poemario Mercado común, de 2006; un par de nouvelles editadas bajo el nombre La nueva taxidermia el año pasado, y un bonus track de cuatro textos sueltos. Durante la entrevista en un elegante hotel de Barrio Norte en el que está alojada, Cebrián explica que fue ella quien pidió que la edición fuera así. No le agradan las antologías, ni las selecciones. Porque son recortes parciales y porque, si te gusta, te quedás con ganas de más, dice. Menos mal, podríamos contestar, porque según los criterios editoriales transnacionales un libro de poemas es lo primero a sacrificar, a eliminar de cuajo –total nadie lee poesía y nadie lo va a echar en falta– a la hora de podar un poco aquí y un poco allá para que den los costos. Y sin Mercado común, Oremos… tendría sesenta páginas menos, pero muchísimo menos peso específico literario.

El primer apartado, decíamos, es El malestar…, un libro de cuentos cortos en primera persona con una serie de personajes algo torpes, desdichados, solitarios: redactores de libros de divulgación y catálogos, otros ligeramente freaks, impostores inofensivos, hijos y padres no del todo disfuncionales, oficinistas lúgubres. En la veintena de relatos con los que debutó, Cebrián demuestra solvencia narrativa, habilidad para captar detalles, para desplegar una mirada extrañamente fascinada por sus criaturas, para no perder nunca la gracia ni el sentido del humor y sin embargo generar en el lector una suerte de desazón, de leve angustia que se aspira por las hendijas de la calefacción central. Entre esos cuentos aparece una anomalía: cada tanto, intercalados, se filtran poemas de una o dos páginas –un gesto infrecuente en un libro de relatos y que, cuando se lo adopta, suele tener consecuencias desastrosas. Según Cebrián esos poemas vendrían a funcionar como un cambio de ritmo, un respiro. “Yo los veo como pausas casi publicitarias para descansar un poco de los narradores de los diferentes relatos”, dice. Y es una frese que expresa mucho: por un lado, marca la diferencia entre la verborrea que mana a borbotones de sus narradores, las frases largas, ansiosas y atolondradas de personajes que no pueden parar de hablar, versus la respiración acompasada de sus poemas. Por otro lado, habla a las claras de la relación ambivalente que Cebrián mantiene con la sociedad de consumo y sus mecanismos de funcionamiento, que es uno de sus temas predilectos. Porque la suya no es una mirada reactiva, de “denuncia” sino, más bien, una mirada perpleja y algo incómoda desde adentro de sus engranajes. Algo similar, dice, le pasa con el dinero, los negocios y hasta los hoteles en los que suele estar alojada cuando viaja a festivales o a presentar sus libros. “Me encantan los hoteles como estos y a su vez no puedo dejar de pensar qué clase de vida es esta, un poco escalofriante.”

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La relación ambivalente que Cebrián mantiene con la sociedad de consumo y sus mecanismos de funcionamiento es uno de sus temas predilectos.

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A pesar del objetivismo o el enfoque de entomóloga que a veces adopta, la mirada de Cebrián siempre está anclada en un cuerpo y una experiencia singular. De hecho, así como España experimentó una mejora en su estatus europeo, un ingreso al primer mundo que la llevó a hacerse muchas preguntas, ella también vivió una suerte de ascenso social como periodista cultural y como escritora, confiesa, con la que también tuvo que saldar cuentas.

Pasemos al anteúltimo apartado: en La nueva taxidermia, la narrativa de Cebrián, que siempre tiene un elemento lúdico o procedimental a la vista, se anima al largo aliento de la nouvelle, con dos voces narrativas en primer plano, que van construyendo el mundo de cero y todo el tiempo nos recuerdan que eso que nos están contando es una ficción. Su próximo objetivo, dice, es terminar una novela en la que viene trabajando hace un tiempo sobre el modo en que los españoles son vistos y se comportan en el extranjero.

Frente a la pregunta de por qué elije ciertos temas, en dos oportunidades Cebrián contesta que “si pudiera escribir un tratado sociológico sobre el tema, lo haría, pero carezco de los conocimientos”. Justamente de este no-saber previo ni sistematizado en el que se incuban las preguntas que la acucian, surgen los chispazos de mayor lucidez. Las pruebas están a la vistas en su libro de poemas. Cebrián no se considera una “poeta de carrera” aunque suela escribir en verso. Sobre todo durante los dos años que vivió en la Residencia de Estudiantes de Madrid, rodeada de compañeros poetas, leyendo atentamente literatura latinoamericana, especialmente poesía argentina contemporánea. Fue en ese contexto, y “con la intención de explorar las ventajas de pertenecer a la Unión Europea”, que escribió Mercado común. Un libro que parece escrito al calor de los hechos de los últimos meses y que, sin embargo, fue editado en 2006. No hay, entonces, una intención de dar cuenta de la crisis, de reflejar la debacle, sino, por el contrario, una inusual capacidad para percibir un malestar incipiente, para anticiparse a analizar una situación y llegar a conclusiones para nada evidentes en el momento.

“Oremos por el Barroco Europeo (que levanten la mano/ sus copropietarios), oremos por nuestros pasaportes/ a todas luces mejores que los vuestros. Oremos/ por lo bueno, para que mejore todavía/ más. Aprendí que lo bueno se situaba/ arriba, lo malo más abajo: Viena encima/ de algo, por ejemplo/ Conozco al menos seis/ realidades más temibles que ésta. Se curvan todas ellas/ hacia abajo, hacia lo posterior/ al pasaporte)” escribe Cebrián en uno de los momentos más elocuentes de Mercado común. No es solo el contenido de las sentencias lo que conmueve, sino también su trabajo con el corte de verso y el ritmo. Para decirlo sin vueltas, no es, lo que se dice, el librito de poemas de un joven narrador. Es, al contrario, un réquiem desgarrador interpretado por un cuarteto de cuerdas en plena cubierta del Titanic. O al menos así se lo puede leer hoy desde una ciudad periférica como Buenos Aires. Un texto que viene a recordarnos que a veces el verso es la forma más eficaz de encapsular una percepción social y transmitir un mensaje, y que no hay que ser un “poeta de carrera” para escribir un gran libro de poemas.

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MERCEDES CEBRÍAN
Oremos por nuestros pasaportes
(Mondadori)
446 páginas

 

 

 

 

Foto: Daniel Mordzinski

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