18/04/12 Libros

Sacar la lengua


Instalado hace años fuera del país, Patricio Pron viene construyendo una de las obras narrativas más sólidas de su generación. De neto corte autobiográfico, su novela El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia plantea una pesquisa sobre los militantes de los setenta y los desaparecidos –los de ayer y de hoy. / Entrevista Matías Capelli

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Los últimos libros de Patricio Pron pueden suscitar ciertos reparos entre los lectores, sobre todo argentinos. Está, por un lado, el uso de una lengua destilada de toda territorialidad y, por el otro, su predilección por ambientar sus ficciones en ciertos momentos históricos icónicos: la Guerra de Malvinas en Una puta mierda, la Alemania pre-nazi en El comienzo de la primavera y ahora, en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, los desaparecidos y la militancia de los setenta vistas y pensadas en clave retrospectiva. Un lector desconfiado, decíamos, puede sospechar que la de Pron se trate de una estrategia deliberada para que sus textos circulen sin demasiadas fricciones en el mercado global, en el que desde hace unos años su nombre pisa fuerte. Y sin embargo la solidez de su proyecto narrativo, la precisión de su prosa y la potencia de muchas de sus ideas, hacen que estos reparos queden en un segundo plano –latentes– durante la lectura de sus textos, y recién vuelvan a reflotar en el diálogo con el escritor, de paso por Buenos Aires.

Más allá de trabajar con un material autobiográfico en El espíritu… ¿qué te llevó a no disfrazar al texto de ficción?
Patricio Pron: Muy posiblemente, lo que me llevó a no disfrazar el texto de ficción fue el hecho de que lo narrado aquí no es ficción; por el contrario, pretende ser fiel a los hechos, o al menos a la evocación de esos hechos por parte de una memoria como la mía, que es muy mala. También, la convicción o el convencimiento de que la honestidad, que en general está sobrevalorada en literatura, era un requisito ineludible para contar esta historia. Al escribirla tuve, por supuesto, la sensación de que pisaba terreno pantanoso, lo que tal vez fuera inevitable para alguien que, como yo, es un escritor de ficciones, al punto de que escribir esta historia fue una demostración –para mí– de que esta historia podía ser contada, cosa que no sabía de antemano. Aun cuando El comienzo de la primavera tuviese como tema una memoria que no es concebida como cualidad intrínseca a una sociedad determinada sino como actividad permanentemente incompleta –con lo que, allí, hablaba de la Argentina tan explícitamente como podía hacerlo por entonces–, el hecho es que la diferencia sustancial entre ambas novelas es que una estaba suavemente basada en experiencias reales y la segunda es la experiencia real en sí misma y con la menor cantidad de adornos posible.

¿Tenés alguna explicación para el hecho de que tus ficciones broten en momentos históricos tan icónicos de la historia de un país?
Nunca había pensado en ello. Posiblemente, mi interés en esos momentos históricos tenga que ver con un interés más amplio por lo que llamaríamos “la monstruosidad” y por los momentos específicos (llamémoslos “momentos bisagra”) en los que los valores imperantes en una sociedad que establecen qué es lo monstruoso en ella y qué no lo es son reemplazados por otros, que emergen de forma violenta, de tal modo que lo que era monstruoso ya no lo es y es una nueva monstruosidad la que surge. Quizás estos momentos permitan, por su dramatismo, evaluar mejor esos valores, que en otros momentos aparecen bajo el disfraz de la normalidad o la cotidianidad. En ese sentido, muy posiblemente mi próximo libro sea sobre la separación de Carmen Barbieri y Santiago Bal, que es un gran momento de la monstruosidad argentina reciente (risas).

 

“La literatura no tiene que representar absolutamente nada, y, por supuesto, no a un país.”

 

El uso de un registro de lengua neutro o peninsular tal vez no esté tan justificado como en otros de tus libros, ya que se trata de una novela realista, que transcurre en la Argentina con personajes argentinos, que sin embargo hablan como españoles…
Aquellos autores que, por razones personales, vivimos fuera del país en cuya tradición literaria aspiramos a ser inscritos nos preguntamos siempre cómo deberían hablar nuestros personajes, un problema que cada uno de nosotros resuelve de una forma o de otra. Mi solución –posiblemente errónea– es que esos personajes hablen como hablo yo, que hace tiempo que vivo fuera de la Argentina y he perdido los rasgos específicos del habla de este país. Hacerlo de otra manera, intentar evocar la lengua nacional, supondría correr el riesgo de que, como en el caso de los personajes de Julio Cortázar (que creía que sus personajes hablaban como argentinos de la década de 1970 y en realidad lo hacían como pitucos porteños de la de 1950, que fue la última década en la que Cortázar vivió aquí), los personajes propios hablasen una lengua perimida. En mi caso específico, de optar yo por esta solución, mis personajes hablarían como rosarinos de la década de 1990, y eso es algo que nadie toleraría –yo incluido. Por otra parte, la aspiración de ciertos lectores de que la lengua literaria imite a la lengua coloquial es, si acaso, una especie de prurito nacionalista que alguien debería poner bajo la luz: la mayor parte de los escritores relevantes para la literatura argentina han creado su propia lengua –a medias entre la mímesis y el extrañamiento– y, en última instancia, la literatura no tiene que representar absolutamente nada, y, por supuesto, no a un país.

La cuarta parte del libro abre con una cita de Marcelo Cohen sobre la herencia. En tu caso, eliminaste todo vestigio rioplatense de tu lengua y en la solapa ni siquiera figura tu lugar de nacimiento. ¿La escritura de la novela fue una suerte de recuentro con el país?
No fue un reencuentro; en primer lugar, porque siempre he prestado atención a lo que se escribe en este país y porque mis libros aspiran a pertenecer a su tradición literaria; en segundo lugar, porque todo regreso desmiente la idea de un retorno (uno mismo ha cambiado, han cambiado los demás…); en tercer lugar, finalmente, porque las cosas particularmente relevantes para mí de la Argentina siempre me han acompañado y están en el origen de todos los libros que he escrito, independientemente de lo que indique mi lugar de nacimiento o mi lengua coloquial. Una línea no poco importante de la tradición literaria argentina me hace pensar que no soy el único que ha resuelto de esa manera la cuestión de la herencia: Juan Rodolfo Wilcock, Copi, Juan José Saer, Rodrigo Fresán, Osvaldo Lamborghini, etcétera.

Frente a la biblioteca de tu padre trazás una especie de canon literario “nacional y popular” en el que apenas hay lugar para Borges, al que oponés un “canon liberal” (Silvina Bullrich, Beatriz Guido, Martínez Estrada, Victoria Ocampo y Sábato). ¿Estos cinco últimos escritores te parecen imprescindibles de la literatura argentina? ¿Si tuvieras que inclinarte por uno de los dos cánones, cuál elegirías?
Uhm… Ezequiel Martínez Estrada y Victoria Ocampo me parecen imprescindibles por razones diferentes, pero prefiero celebrar la diversidad de la literatura argentina antes que establecer un canon personal; entre otras cosas, porque no son las personas individuales las que crean el canon sino las sociedades cuando se narran su pasado literario con la finalidad última de que éste explique y ponga orden en la producción contemporánea, una tarea que, por supuesto, está más allá de mis posibilidades.

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El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia
(Mondadori) 240 páginas
>> patriciopron.blogspot.com

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