16/08/12 Libros

Sin asco


Padre del mal gusto y referente outsider por definición, John Waters logró con los años infiltrar su salvajismo crítico en el paladar de la cultura norteamericana, donde pasó de ser un terrorista cinematográfico a iluminar las marquesinas de Broadway con Hairspray. Las claves de su curioso derrotero están en Mis modelos de conducta, un libro que traza un recorrido intenso por una serie de personajes tanto o más extremos que el viejo hijo pródigo de Baltimore. / Entrevista Pablo Conde y Javier Diz

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Todos creemos conocer a John Waters. De un tiempo a esta parte, él mismo se fue encargando de hacernos entrar a su mundo privado, desafiando al orden y a las buenas costumbres desde sus speech oportunos –que poco a poco se fueron convirtiendo en pasos de stand up–, entrevistas hilarantes, y hasta en presentaciones exclusivas en primera persona sobre determinados personajes y títulos en ediciones especiales de películas en DVD. Waters director se transformó en Waters personaje. Pero si vimos sus películas y conocimos su mundo, sabemos que ambos son la misma persona. Algo exagerado, puede ser (“Es la primera entrevista que hago para un medio en español”, nos dice, y no le creemos, obvio), pero intuimos que el tipo vivió su vida con intensidad. Le puso el cuerpo, como Divine a la famosísima caca de perro. Ahí el éxito: ¿cómo es que un tipo que filma una maravillosa atrocidad que es Pink Flamingos llegue a ser el autor millonario único responsable del musical más exitoso de Broadway de los últimos años? ¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Quién es John Waters realmente? Su libro Mis modelos de conducta podría servir de manifiesto. También de guía, si alguno anda con ganas de acelerar a fondo. Y es además un paseo cálido y evocador por la educación sentimental de un tipo que se animó a hacer de su culo un pito.

¿Qué fue lo que te llevó a decidirte particularmente por los nombres que aparecen en Mis modelos de conducta?
John Waters
: Todas las personas sobre las que escribí en este libro tuvieron una vida más extrema de la que tuve yo, ya sea un gran éxito o cosas terribles que les tocaron vivir. Ellos, de alguna forma, terminaron por darme el coraje para ser quién soy hoy. Cualquiera puede escribir un libro sobre sus modelos a seguir: todos tenemos gente que nos ha dado fuerzas, especialmente siendo jóvenes, y que funcionó como espejo para descubrirse a sí mismo. A algunas de las personas que están en mi libro les pasaron cosas terribles o las provocaron, pero de alguna forma enfrentaron la vida y quisieron hacerse cargo. Traté de ser el guía del tour a un mundo en el cual la gente puede no estar cómoda.

¿Sos consciente de que vos mismo te transformaste en un modelo de conducta para mucha gente?
Sí, mi público es cada vez más joven, mientras yo envejezco cada vez más. Ser un ejemplo es en realidad lo único que no podés comprar, algo que no se logra a través de la publicidad: los jóvenes huelen cuando hay algo raro. Y la verdad es que me siento muy honrado. Cuando se proyectan mis películas, el público que asiste tiene entre veinte y veinticinco años, y ni siquiera había nacido cuando yo filmaba mis primeros largometrajes.

¿Qué pensás acerca de aquello que se denominaba la “contracultura”? ¿No se volvió un poco la moda a seguir?
La verdad es que ya ni siquiera sé qué es la contracultura. Creo que los delincuentes juveniles de hoy en día son los hackers, gente detrás de una computadora tratando de hacer caer a las grandes corporaciones, pasando por encima de sus sistemas de seguridad. Es algo poco glamoroso. En los Estados Unidos la contracultura terminó mezclándose con el mainstream; de hecho, creo que su efecto termina siendo anestesiado antes de llegar a causar problemas. Hoy en día todos quieren ser outsiders. El término está demasiado usado, ahora quiero ser un insider y estar fuera de la ley. Eso es un desafío aún mayor.

 

“Hoy en día todos quieren ser outsiders. El término está demasiado usado, ahora quiero ser un insider y estar fuera de la ley. Eso es un desafío aún mayor.”

 

Con el tiempo te volviste algo así como el poster preferido de los outsiders y los provocadores. ¿Lo veías venir?
Creo que trabajé para lograr eso. De hecho, siempre traté de convertirme en una especie de producto; creo que soy una especie de recurso de autoayuda para gente felizmente neurótica. He probado que uno puede ser extraño o raro, tener distintos gustos e intereses que los demás y a la vez ser feliz. Porque yo lo soy. ¿Por qué debería estar triste? Vengo haciendo esto hace cincuenta años y por suerte la gente me entiende. Al principio solía recibir críticas muy malas de mis películas, pero las terminé usando para construir mi carrera. Uno tiene que trabajar con lo que tiene. Eso sería muy difícil de hacer hoy, porque en esa época los críticos eran más pacatos. En los setenta eran ellos contra nosotros, una verdadera guerra cultural. Ahora todos los críticos, incluidos los más refinados, creen que son cool. Y nunca te van a hacer una mala crítica para que la utilices a tu favor; son lo suficientemente inteligentes como para no hacerlo. O demasiado aburridos como para hacerlo…

Dijiste alguna vez que esperabas con ansiedad ser un adolescente, y sobre todo ser la “exageración” de un adolescente. ¿Esa exageración se reflejó en algunos otros aspectos de tu vida?
Siempre quise ser un delincuente juvenil, pero sin tener que pagar las consecuencias de eso. Fui un “yippie”: me reía de los hippies; éramos gente muy metida en el punk rock. Hoy soy un tipo grande, tengo sesenta y seis años, y no estoy enojado: siempre dije que un hombre de veinte años enojado es un héroe, pero uno de más de sesenta enojado es una especie de pelotudo. La exageración, después de todo, no es más que estilo. A veces transformás en estilo cosas que a otra gente no le gustan, y al hacerlo terminás cambiando la cultura. Pienso en la gente sobre la que escribí el libro, como Little Richard, que cuando apenas apareció era increíblemente shockeante para la gente. Aún hoy sigue siendo bizarro. Mientras que Johnny Mathis fue el opuesto exacto de él: tuvo un éxito instantáneo, su primer hit lo consiguió a los dieciséis años, no era blanco pero nunca sufrió ningún tipo de racismo, tuvo una vida opuesta a la mía. Es famoso, pero me sorprende cómo agota todavía hoy sus shows sin dar entrevistas ni participar de la gran maquinaria de la publicidad. Es alguien con mucha clase, pero sin ser un oldie: no convoca por el factor nostálgico sino que es un artista clásico, y la gente se sorprende cuando digo que me gusta. De hecho, Johnny, cuando se editó el libro, dijo “me volviste a hacer famoso”, pero yo creo que no me necesitaba para nada. Cada vez que hago una entrevista radial suena de fondo algunas de sus canciones [tararea “Chances Are”]. Creo que eso es lo mejor del libro: volver a poner el foco sobre ciertos personajes pero desde un ángulo diferente. De hecho, no me quiero imaginar lo que debe haber pensado Mathis al leer otros pasajes del libro como cuando hablo de Bobby García, el pornógrafo amante del sexo con Marines. De repente, Mathis está acompañado ahí por gente que no solía frecuentar [risas].

El libro es un recorrido salvaje y personal por un universo muy propio. Hay mucho de tu imaginario cinematográfico también…
Me parece que hay un poco de todo. Siempre escribí. Nunca hice una película que no me haya gustado y nunca la voy a hacer. Escribí todos mis libros y mis películas, hasta algunos trabajos artísticos que no tienen que ver con el cine, los shows de stand up que hago… Escribir y planear siempre fue lo mío. Me veo a mi mismo como un contador de historias, no importa el formato. Y pese a que paso mucho tiempo reescribiendo, algunas cosas las corrijo hasta diez veces, pero aún así lo que busco es que se entienda que lo que estoy haciendo es contar una historia, hablándole directamente al público. Y nunca le tomo el pelo a la gente. La admiro, me maravilla, y siempre trato de entender la forma en que se comportan los demás, busco reírme con la gente y no de ellos, ver de dónde vienen realmente –algo que no siempre es tan aparente y en lo que suele ser difícil poner el foco.

 

“Siempre dije que un hombre de veinte años enojado es un héroe, pero uno de más de sesenta enojado es una especie de pelotudo.”

 

¿Hay algunos “modelos de conducta” que quedaron fuera del libro y te gustaría agregar?
Sí, hay algunos pero por ahí son ocultos, muy poco conocidos, y que puedo haber incluido indirectamente en algunas de mis películas, como Isabel Sarli y Armando Bo, o Mai Zetterling, una cineasta sueca de la escuela de Bergman. Hay mucha gente más. A la hora de escribir el libro pensé en las posibles opciones y fui dejando de lado las que por algún motivo me parecía que las podía aprovechar en otros proyectos, pero no en una secuela del libro: no me gusta hacer segundas partes, quiero que cada libro sea una idea original.

¿Qué fue de los Dreamlanders, aquellos amigos y colaboradores cercanos con los que trabajabas? ¿Se renovó el grupo?
Solo quedan unos pocos de los verdaderos Dreamlanders, los que me acompañan desde mis inicios. Mink Stole, Pat Moran, Vincent Peranio, que diseñaba los sets. La mayoría ya no está más con nosotros, como Divine, quien al contrario de lo que yo creía, siempre pensó que íbamos a tener éxito; o Van Smith, a quien le dediqué el libro, y que hacía el diseño de vestuario de mis películas. Fue el culpable de la mayor parte del éxito que fui teniendo: él fue quien ideó el look de Divine e inventó vestuarios que al día de hoy muchos chicos usan en Halloween, algo que me da mucho placer, porque es una manera de mantener vivo su trabajo. Con muchos de ellos, como Mink Stole y Pat Moran, compramos terrenos en el cementerio donde está Divine, así estamos todos juntos. Lo llamamos Disgraceland… [risas] Hay una segunda generación de actores que usé desde Hairspray en adelante, pero no los categorizaría como Dreamlanders, ni creo que ellos se sientan parte de ese grupo. Los que quedamos somos como una especie de sobrevivientes de esa movida.

Hacés shows de stand up, actuás, escribis libros… ¿No sentís la necesidad de volver a filmar?
La siento, pero si nunca vuelvo a filmar no va a ser el fin del mundo para mí. Quiero filmar, sí, pero el negocio cinematográfico ha cambiado mucho para los directores independientes. Los productores quieren que las películas cuesten 500 mil dólares en vez de cinco millones, y eso yo ya lo hice, no puedo volver atrás, porque trabajo con gente que está sindicada y deben cobrar lo mínimo estipulado. Sobre todo porque no puedo esperar que la gente que siempre trabajó conmigo lo haga por poco dinero una vez más. Lo hicieron en sus comienzos, como hace cualquiera, pero después de dedicarse a eso por un tiempo uno necesita una mejor recompensa por su trabajo. Uno no debe volver a trabajar por nada. Por otro lado, ya hice dieciséis películas, Mis modelos de conducta fue un best-seller en los Estados Unidos, tengo cuatro shows diferentes para hacer en vivo, y los hago unas cuarenta veces al año, y estoy constantemente poniéndolos al día y reescribiéndolos, por lo que tengo muchos otros proyectos que estoy llevando a cabo. Hacer una película es uno entre diez. Hasta podría hacer un álbum de duetos con Tony Bennett [risas]. Créanme, si yo tuviera un mínimo de talento para cantar, ya lo hubiese explotado mucho tiempo atrás.

Tenías un proyecto de película llamado Fruitcake, con Parker Posey y Johnny Knoxville. ¿En qué quedó eso?
Sí, es una hermosa aventura navideña protagonizada por niños, con Johnny haciendo el rol del padre. Estamos buscando financiación, tratando de hacerla. Jamás parodié ese género. Imagínense los personajes infantiles que puedo llegar a escribir. Dios mío…

 

“Me parece que, hoy en día, Lady Gaga es la cantante que más duro trabaja. Es lo mejor que le podía pasar a los chicos gays de catorce años. Los está ayudando a liberarse.”

 

¿Cuál es tu relación con Hollywood, hoy?
Siempre fueron muy respetuosos conmigo. Creo que las películas más hollywoodenses que hice fueron Cry Baby y Serial Mom. Soy miembro de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood, o sea que voto para los Oscar, y soy miembro de las Asociaciones de Escritores y Guionistas. Conocen de mi existencia desde Pink Flamingos, que en Los Ángeles se mantuvo en cartelera durante diez años en funciones de trasnoche. Eso sí que es amor…

¿Te interesa algún cineasta nuevo en particular?
Me gusta mucho lo que hace Todd Solondz, Gaspar Noé… Hay muchos. De hecho, me siento más atraído por los europeos. Creo que Pedro Almodóvar es el mejor director de cine del mundo, si considerás toda su carrera. Me encantó La piel que habito. Siempre me sorprende y me hace reír, creo que realmente es un genio. Estuve en Madrid por primera vez hace poco, y uno no puede evitar sentirse parte de una película de él. Pero por otro lado, si venís a Baltimore, es probable que te sientas parte de una película mía.

Fue genial verte en un capítulo de Los Simpsons. Se está haciendo costumbre ver apariciones tuyas en proyectos disímiles.
Sí, todo eso lo hago para mantener la fama. Trabajé para Woody Allen, hago voces para distintos proyectos, me gusta tener muchas profesiones. De hecho, acabo de hacer la voz en off de una serie de documentales muy específica sobre medicina. Me gusta enfrentarme a desafíos nuevos. Hace poco también le presté la voz a dibujos animados infantiles. Es divertido formar parte de distintos universos, aparecer en lugares locos.

Recientemente, en tu discurso al recibir un premio en reconocimiento a tu carrera en el Outfest, propusiste que quizás ya era tiempo de utilizar el humor con intenciones políticas. ¿Cómo es esto?
El terrorismo es siempre una palabra impactante, por eso conviene usar la mordacidad en vez de las balas. Hay que utilizar el humor para abochornar a tu enemigo, el despliegue artístico junto a la política en su contra, humillarlos a través del humor. Esa es la clase de armamento de guerra que creo que necesitamos.

¿Qué sentís al ver tus películas convertidas en musicales de Broadway?
Me encanta y lo disfruto mucho. Hairspray fue lo único de mi carrera con lo cual hice verdaderamente mucho dinero. Todavía lo siguen interpretando en todas las escuelas de los Estados Unidos. Con Cry Baby hicieron una buena adaptación, pero aunque tuvo cuatro nominaciones a los premios Tony, fue un fracaso. Todo esto fue una experiencia alucinante. Estuve involucrado en todo el proceso, desde los comienzos, y fue una de las mejores experiencias de mi vida. Sé que llegó inclusive a Buenos Aires. Después de todo es un buen concepto: chica gorda que pelea contra el racismo.

 

“Si nunca vuelvo a filmar no va a ser el fin del mundo para mí. Quiero filmar, sí, pero el negocio cinematográfico ha cambiado mucho para los directores independientes. Los productores quieren que las películas cuesten 500 mil dólares en vez de cinco millones, y eso yo ya lo hice, no puedo volver atrás.”

 

¿Te interesaría hacer algo para la televisión?
Estoy bastante a favor de la televisión, y trabajé en un programa llamado Till Death Do Us Apart, inclusive podría hacer Fruitcake para la televisión. Hoy en día algunas series son mejores que las películas independientes estadounidenses. Un buen ejemplo es The Wire, uno de los mejores productos de los últimos tiempos. Todos mis amigos trabajaron allí; tiene mucha calidad, siento que es como leer una muy buena novela. Es el único programa televisivo con el cual no podés leer una revista mientras lo estás viendo. Creo que es un buen reflejo de Baltimore, aunque el alcalde y el gobernador no estén de acuerdo con eso; la odian. Algunas partes de la ciudad son tal cual se ven en la serie, aunque otras se parecen a las películas de Barry Levinson, y otras partes son como las ves en mis películas. Todos los cineastas que salimos de esa ciudad reflejamos sus lados extremos.

Hablemos de música: ¿conocés la banda Die Antwoord? Parecen haber salido de una película tuya… ¿Y qué opinás de la androginia calculada de Lady Gaga?
¡Sí, Die Antwoord me encanta! Los escucho muy seguido. Pueden estar relacionados con mi universo. Lo que sí, no sé cómo se pronuncia. En cuanto a Lady Gaga, me parece que es la cantante que más duro trabaja hoy en día. Ella ama a sus fans, nunca los decepciona; ni siquiera sale de compras sin pasar por una sesión de tres horas de maquillaje previa. Estoy muy a favor de ella, es lo mejor que le podía pasar a los chicos gays de catorce años. Los está ayudando a liberarse. De hecho, hoy en día es más efectiva que Tennesse Williams. Por supuesto que uno ya vio muchas de las cosas que ella hace, pero tomó elementos que eran muy poco populares una década atrás y los hizo globalmente conocidos.

Después de un largo debate, el año pasado se sancionó la Ley de Matrimonio Igualitario en la Argentina. ¿Qué pensás de esto?
Es tan difícil hoy en día encontrar gente que se enamore, que no puedo entender cómo alguien se puede sentir amenazado por el matrimonio gay. Personalmente, yo no pienso casarme nunca, pero creo que todo el mundo tiene derecho a hacerlo, si es lo que elige. Deberían hacer que el divorcio heterosexual sea ilegal para que todos se callen y nos dejen hacer lo que queremos. Creo que la gente debería estar contenta de que cualquier persona de cualquier raza y sexo en cualquier lugar del mundo encuentre a alguien a quien amar. Es muy difícil encontrar a esa persona. Sin embargo, tengo un consejo: si quieren invertir en algo, pongan su dinero en el divorcio gay. Los abogados se van a volver ricos. Eso y la eliminación de tatuajes serán industrias poderosas de la próxima década.

Estás preparando Car Sick, tu siguiente libro, sobre tus viajes a dedo a través de los Estados Unidos. ¿Qué podés adelantarnos sobre eso?
No quiero contar mucho todavía. Hice un viaje en el que me llevaron veintiún veces en distintos vehículos durante nueve días recorriendo el país de una punta a la otra. Muchos pensaron que era un homeless. Fue una gran experiencia.

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John Waters
Mis modelos de conducta
(Caja Negra)
Traducción de Pablo Marín

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