31/07/12 Libros, Reseñas de libros

Una misma noche, de Leopoldo Brizuela


El autor de Lisboa. Un melodrama recurre a un estilo despojado para traer al presente un recuerdo perturbador de la última dictadura. / Por José María Brindisi

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Es casi seguro que a partir de ahora Leopoldo Brizuela se convertirá en un pésimo escritor. No por mérito propio, ya que es difícil que una pluma como la suya derrape solo por la circunstancia particularmente traumática de ganar un gran premio, sino porque a partir de ello –la obtención del último Premio Alfaguara, ciento setenta y cinco mil dólares de por medio– demasiada gente del gremio comenzará a sospechar de él en voz baja, a darse cuenta de una vez por todas de que lo suyo no era para tanto ni mucho menos, a encontrar oscuras y mercantiles intenciones en cada una de sus palabras. Algo de culpa, como en otros casos, habrá que atribuirle a los mismos patrocinadores del certamen, que por lo general han tenido el buen ojo de elegir escritores indefendibles, o bien novelas flojísimas de escritores valiosos, a quienes lo mejor que podía deseárseles era que recogieran el cheque y se olvidaran pronto de todo el asunto.

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El registro que elige entonces es de una sobriedad en todo momento hostil, una economía de recursos que deja al lector desnudo, mirándose al espejo, casi sin mediación.

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No es el caso de Brizuela, digámoslo de una vez. Una misma noche lo encuentra en la plenitud de sus fuerzas narrativas. El desafío era complejo, en algún sentido paradójico: contar una historia así de cruda lo obligaba a renunciar a la indudable matriz poética que define su escritura, o a transformarla. El riesgo era obvio: estetizar ya no la violencia, sino también el sufrimiento. El registro que elige entonces es de una sobriedad en todo momento hostil, una economía de recursos que deja al lector desnudo, mirándose al espejo, casi sin mediación. Porque de eso se trata: de cómo la experiencia individual de Leonardo Bazán, ese tipo a quien el asalto a una casa vecina arrastra brutalmente a un episodio de 1976 (un episodio en el que su padre, ahora lo sabe, es otro, o ahora descubre al verdadero), nos involucra de a poco en el reconocimiento de una idea perturbadora: nadie fue del todo ajeno a lo que ocurrió. Desde esa perspectiva, y aunque Bazán atraviesa la novela como si diseccionara el fantasma de su padre, Brizuela amplía a cada paso su campo de acción, situando su relato progresivamente en un terreno menos íntimo y más escalofriante. Esa noche que regresa una y otra vez sin revelarse jamás del todo, esa breve secuencia iniciática que se completa treinta y cinco años más tarde, es un estribillo hipnótico, de una intensidad apenas soportable. Y lo es antes que nada por la estructura episódica, zigzagueante, que Brizuela elige para contarlo, o mejor, para que su personaje intente recordar. Así de esquiva es la memoria. Pero la verdad, por suerte, tarde o temprano sale siempre a flote.

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LEOPOLDO BRIZUELA
Una misma noche
(Alfaguara) 276 páginas 

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