27/07/12 Medios
La nueva Dallas

No es una joda: vuelve Dallas. La oportunidad para las nuevas generaciones de conocer al malvado J.R., un personaje mítico de la historia de la televisión. / Por Leo Soesanto
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Este Dallas no es una repetición, sino una continuación de la original, algo similar a 90210, la continuación de Beverly Hills, en la que retoman a los actores emblemáticos para confrontarlos con actores nuevos. Para los más jóvenes o para aquellos que miraban Dinastía, Dallas, creada por David E. Jacobs en 1978, era una soap opera sinónimo de imperialismo, heredera de películas hollywoodenses como Gigante o Escrito sobre el viento, que evocaba las horas sombrías y gloriosas de la familia Ewing, un clan de ricos que explotaba petróleo en su bello rancho de Southfork. La Dallas 2012 recuerda cuál era la fuerza de la serie, que se sostenía en dos letras: J.R. (las iniciales de John Ross). Mientras que todos a su alrededor pasan más o menos desapercibidos, J.R. es el personaje más carismático porque es el más malvado. Un hombre de negocios despiadado, especialista en golpes bajos, que engaña regularmente a su esposa Sue Ellen, afirmándola en su alcoholismo.
Los conflictos y las puñaladas saltan de generación para ser retomados por sus hijos.
¿Por qué habrá traumatizado tantos a los espectadores, hasta el punto de que 83 millones de estadounidenses hayan visto el episodio del final de la tercera temporada en 1980? El episodio récord más visto en la pantalla de los Estados Unidos, en el que un asaltante no identificado dispara a J.R., y que provocó un fenómeno cultural: la pregunta “¿quién le disparó a J.R?”.
En la nueva Dallas J.R. está vivo pero vegeta en un geriátrico, mientras que Sue Ellen está en campaña para ser gobernadora luego de haber sido Miss Texas joven.
Y los conflictos y las puñaladas saltan de generación para ser retomados por sus hijos: John Ross, el hijo de J.R., que anda tras los pasos maléficos de papá, se enfrenta con Christopher, el hijo gentil de Bobby (que es técnicamente su tío). Todavía se habla de petróleo pero también de energía propia, y los primeros episodios abusan de los planos amplios del rancho visto desde un helicóptero. Pero, uff, las costumbres vuelven rápidamente cuando J.R. abandona su andador y vuelve a ponerse su Stetson, lo que, salvando las distancias, es el equivalente de Darth Vader volviendo a ponerse su casco. Y las traiciones y los triángulos amorosos vuelven a empezar.
Dallas fue siempre un poco sobria. Podríamos hablar de un “ciclo” ahora que Desperate Housewives, su heredera posmoderna, saturada de las mismas peripecias domésticas, terminó. Aunque cuando la serie se animaba, lo hacía de una manera muy marcada, llegando a su octava temporada. Como cuando, para permitir el regreso de Bobby, muerto en la temporada anterior, encuentran la solución para resucitarlo en la novena: decretar que la octava temporada era un sueño –en este caso, el de Pamela–, cuando descubre un Bobby vivito y coleando una mañana en la ducha.
En fin: Dallas empieza de nuevo. Son solo diez episodios, para no saturar al espectador. Aquellos que recuerden la original apreciarán el esfuerzo de continuidad, un J.R. todavía enérgico en sus chanchullos, y se quejarán del paso del tiempo y de los liftings (Lucy se volvió un vejestorio). Lo que se sabe es que va a correr sangre.
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Dallas
Lunes a las 22 por Warner Channel












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