30/10/12 Música
Breakup Song, de Deerhoof

Un disco de separación intenta convertir una situación “mala” en otra “buena”, y en ese sentido bastante raro era que los Deerhoof no se hubieran inspirado en las peleas de pareja todavía. Si hay algo que el cuarteto ha demostrado desde el primero hasta el décimo de los discos anteriores a Brakup Song es que es posible descubrir la belleza y la diversión en los lugares menos esperados. Sus canciones breves y fracturadas suelen armarse sobre una base de batería que arranca, frena, vuelve a arrancar, vuelve a frenar, etc., y de sonidos distorsionados hasta la saturación que funcionan como el ataque de un electroshock. Sostenida a medias por ese esqueleto irregular y caótico intenta descansar la adorable e inconfundiblemente oriental voz de la japonesa Satomi Matsuzaki, dándole al grupo la extrañeza de una calesita oxidada o del camión enchulado de la tapa. Y lo hicieron de nuevo.
“Tiene una onda de fiesta cubana mezclada con música noise”, decía el baterista y productor Greg Saunier, una definición estrambótica que anticipaba su hallazgo: probablemente este sea el primer disco de divorcio que suena alegre en la historia del rock. En lugar de recitar lamentos y sumergirse en atmósferas oscuras, los Deerhoof prefieren hacen catarsis de manera más intensa y en períodos de tiempo mucho más cortos: hay temas de dos minutos que tienen cuatro partes diferentes, con algunas frases sueltas y la sensación de que Os Mutantes se hubieran juntado a zapar con Liars (en “Breakup Songs”, el tema que abre el disco, un silbido inocente y primaveral convive con un sintetizador podrido; en “There’s That Grin”, la segunda, el mambo se confunde con el hip hop, y así hasta el final). Dura apenas media hora, pero su intensidad comparable a la de saltar en una colchoneta o romper platos contra la pared alcanza para combatir el bajón post ruptura de la mejor manera posible: olvidándolo. / Lucas Garófalo
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