27/06/12 Música

“Jamás dejé de escribir”


En 1992 My Bloody Valentine entró en un estudio de grabación para hacer un disco que todavía hoy estamos esperando. Veinte años después, su líder Kevin Shields rompe finalmente el silencio, a propósito de las reediciones de sus dos álbumes claves –Isn’t Anything (1988) y Loveless (1991)– y casi todos sus EPs. / Por JD Beauvallet

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Hace exactamente veinte años, My Bloody Valentine entró en un estudio para su tercer álbum. Todos lo esperábamos. El segundo, Loveless, que había salido en 1991, había hecho suficiente ruido, en todos los sentidos de la palabra, como para que los contrataran desembolsando una fortuna. My Bloody Valentine entró entonces al estudio en 1992. Lamentablemente, nadie le había precisado el año de finalización a Kevin Shields, el cerebro elástico (tenso una semana, relajado seis meses) de la banda: todavía lo estamos esperando.

La buena nueva es que Kevin Shields está de regreso. No para hablar sobre un nuevo álbum, que anuncia para julio –otra vez, sin precisar el año– sino para reivindicar las suntuosas reediciones de My Bloody Valentine: los dos verdaderos álbumes de los irlandeses-londinenses –Isn’t Anything (1988) y el terrible e inmenso Loveless (1991)– así como una doble compilación de singles, rarezas e inéditos.

Alcanza con escuchar algunos segundos las canciones sabiamente remasterizadas de Loveless para entender plenamente la influencia aplastante de este rock en las generaciones sucesivas de guitarras sucias, de melodías poco cuidadas, de acoples en peligro. Escuchamos My Bloody Valentine en los estiramientos luminosos de cuerdas de Sigur Rós, en el pop rígido de The Drums, en el electro alucinado de M83, en las canciones majestuosas de Beach House. En todos lados donde el ruido blanco pueda inmiscuirse, My Bloody Valentine inspira una forma de hacer caligrafía sobre el muro del sonido, de tomar una melodía inocente y tirarla en la boca del lobo, o esa manía de exagerar con acoples bajo un estribillo débil para que alcance el séptimo cielo. Miles de músicos aprovechan sus invenciones y sus avances, quizás incluso sin haber escuchado una sola de sus canciones.

Entre estas reediciones, dos títulos de canciones dicen mucho sobre la concepción del rock de Kevin Shields y de su banda alucinante: “When You Sleep” y “(When You Wake) You Are Still in a Dream”. Esta música no existe: solo puede venir de los sueños o de las pesadillas, del más allá interior, con o sin drogas. No sorprende que My Bloody Valentine esté, pese a sus texturas tan violentas como vaporosas, entre los primeros de ese movimiento musical que lleva el nombre de dream pop.

En 1991, el año de Loveless, Nirvana sacó Nevermind. Rock igualmente abrasivo, implosivo, guarro, pero tranquilizador en sus formas pop, en su respeto final por el canon estribillos/estrofas. My Bloody Valentine no sobrevivirá a esta atracción al vacío, a esta ebriedad de libertad: entró al estudio en 1992 y su líder nunca salió de allí; salvo para una gira de reencuentro en 2008, para colaborar con coreógrafos canadienses y con Primal Scream, o para hacer una banda sonora para Sofia Coppola (Lost in Translation). Pero Kevin Shields finalmente aceptó, con motivo de estas reediciones que él supervisó con todas sus manías, volver sobre ese largo fin de semana de perdición que duró veinte años.

ENTREVISTA > Al grabar los discos con MBV, ¿pensabas que ibas a hablar de ellos más de veinte años después?
Kevin Shields:
Sí, sobre todo de Loveless, muy incomprendido en su época. Estaba seguro de que el tiempo le haría justicia. Me indignaba verme asociado a esa escena shoegazing: significaba que una gran parte de los comentadores no habían captado nada del disco. Una palabra aparecía una y otra vez en las crónicas, que me exasperaba particularmente: “soñador”. Nuestra música jamás estuvo adormecida; tenía siempre un ojo abierto, estaba tensa, al acecho, como los aborígenes que duermen con un ojo cerrado y otro abierto. En los tigres, el cerebro solo está en pausa, alcanza con moverse para enloquecerlos.

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“La música digital y la música analógica no se guardan en las mismas zonas de la memoria.”

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Volviste a trabajar en las cintas para las reediciones. ¿Cuáles fueron tus sensaciones?
Retomé esas grabaciones desde la fuente, desde las cintas analógicas. Por culpa de los CD, los MP3, los softwares de los estudios, hacía años que no escuchaba grabaciones analógicas puras. Me movilizó, me trajo un montón de recuerdos: es increíble cómo un olor característico, a veces, te puede llevar veinte años atrás o despertarte sentimientos enterrados. Una parte de mi cerebro jamás había escuchado esa música desde su grabación, y me saltó a los oídos en toda su pureza. La música digital y la música analógica no se guardan en las mismas zonas de la memoria. Tenemos una memoria mucho más viva, precisa y detallada de la música analógica.

¿Volvés a escuchar a veces My Bloody Valentine por placer?
Pasé largos periodos sin escuchar ni una sola nota de nuestra música. Pero no puedo elegir, constantemente hay reediciones que supervisar. No necesito escuchar los discos; los conozco, estarán para siempre en mi cabeza. Conservé los planos en mi cerebro.

¿Había entonces un plan para Isn’t Anything y Loveless?
No para el primero, que era una experimentación en directo. Pero Loveless tenía realmente una dirección, llevé ese álbum en mi cabeza, exactamente tal como tenía que ser, durante meses. El problema fue darlo a luz en cintas… Las grabaciones de voz, de batería o de guitarras solo tomaron unas semanas, a veces una sola toma. Pero luego, escuché ruidos en mi cabeza, y había que agregarlos al álbum. Eso atrasó todo. Solo en la canción “To Here Knows When” pasé más de tres meses tocando sobre el feedback del piano como fondo sonoro. El problema era que durante meses creía que estaba por terminar el disco. Los deadlines siempre fueron una maldición para mí. Creo honestamente que estoy cerca del objetivo pero puede tomar meses o años.

¿Te acordás de tu estado durante la grabación de Loveless?
No podía trabajar con tal presión, esperaba la tranquilidad para ponerme a grabar. Ese álbum lleva la marca de su entorno nocivo. El sello Creation no tenía un peso, vivíamos en la calle, el estudio nos confiscaba las cintas esperando un eventual pago de las facturas… Estaba constantemente amenazado: llegué a pensar que el álbum no se terminaría jamás. Vivía en una completa inseguridad, y no solo financiera. Una noche robamos los únicos masters del álbum y nos fuimos en un taxi con las cintas, para estar seguros de que no las borrarían como represalia. Queríamos terminarlo sin el menor compromiso; sentíamos que se trataba de un trabajo importante.

Después de este disco firmaron con una discográfica más importante y luego cayeron en un agujero negro.
Contrariamente a los rumores, jamás dejé de escribir. Me quedé en el estudio de 1992 a 1997, probando… Hacía también remixes, componía para la compañía de danza La La La Human Steps. No desaparecí del todo, al menos no más de seis mese seguidos. En un momento, tuve que salir del estudio. Ahí, en 1998, me uní a Primal Scream: solo quería tocar un poco la guitarra en un escenario, por los recuerdos, sin que me pagaran. Terminé por formar parte del espectáculo y en 2000 insistieron para que me volviera asalariado. A mi pesar, me encontré en la banda, lejos de mi estudio. Soñaba con tomarme seis meses de descanso para recargar mis baterías y volver a mi propia música con una nueva mirada, fresco.

¿Los otros miembros de My Bloody Valentine te habían esperado?
Nos separamos oficialmente en 1995, después de mucho tiempo, sin la menor pelea: Colm (batería) y Debbie (bajo) simplemente se fueron, le escaparon a la ociosidad, a la frustración, al estancamiento. No pasaba nada, y les parecía muy doloroso esperar. Habíamos alcanzado los treinta años y la crisis que viene con eso: las ganas de buscar otra cosa.

¿Qué pasó con esa música en la que trabajaste durante todos estos años?
La abandoné en 1997. En 2006 me volví a meter con esas cintas y finalmente comprendí que me encontraba delante de un álbum de piezas sueltas. En esa época, no veía el plan global en mi cabeza, pero de repente apareció. Como había grabado todo de forma extraña y no había ninguna canción en el sentido tradicional de la palabra, no lograba desembarazarme de ese montón de riffs, de sonidos sueltos, de bucles. Estaba tan compenetrado que me fue imposible juntar todo eso para hacer canciones. Empezaron a tomar forma el año pasado y ahora estoy terminando el álbum.

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“Contrariamente a los rumores, jamás dejé de escribir. Me quedé en el estudio de 1992 a 1997, probando…”

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¿Siempre escuchaste las canciones en tu cabeza, pese a lo caótico de la grabación?
Siempre tengo mil canciones en mi cabeza. Por ejemplo, todas las canciones del nuevo álbum están en mi cabeza desde hace veinte años, solo hay que dejarlas salir y grabarlas. Tengo que vaciar mi cabeza de vez en cuando, me tomará una vida entera, aunque vivo muy bien con todas esas canciones acumuladas. No me preocupa: el drama sería no oír nada más. Este álbum terminará por salir pero decidí hacerlo de otra forma: en vez de terminar este “nuevo álbum viejo”, que está casi listo, quiero dejarlo tranquilo y hacer uno nuevo que saldrá este año. El disco en el que trabajo desde 1992 se transformó entonces en un proyecto paralelo. Pero era necesario que fuera así: volví de la gira de reencuentro con nueva energía, quiero mirar hacia adelante.

¿Cómo fue ese reencuentro en 2008?
En realidad nunca dejamos de vernos, así que no hubo problemas en el momento del reencuentro. El primer día intentamos volver a tocar “Come in Alone”: era como si nunca nos hubiéramos separado. Pero en la segunda canción nos derrumbamos en la mitad. Ahí me di cuenta de la importancia de la tarea. Además, cuando volvimos a tocar en París, en junio de 2008, el recital fue horrible, no pudimos manejar el sonido. Pero poco a poco se volvió un placer, mucho más que antes, porque finalmente ya no teníamos problemas de dinero. Podíamos concentrarnos en la música, era algo nuevo para nosotros.

¿Cómo explicás la veneración de la que son objeto hoy, la cantidad de bandas que reivindican su influencia?
Yo no quería ser un millonario ni una estrella de rock, sino una influencia. Todas las bandas que me gustaban cuando era chico, como Public Image Ltd., no hacían música para vanagloriarse: los respetábamos por su intransigencia y por su música. Si ese es nuestro caso hoy, estoy lleno. Los años 1988-1991 fueron fértiles, muchas experimentaciones hicieron sus propios caminos acá y allá y continúan aún hoy. Es el equilibrio entre los extremos: probamos que la música podía encontrar su potencia sin apostar necesariamente al músculo y al volumen, como lo hace a menudo el rock. Las bandas más grandes siempre vivieron en ese equilibrio, desde Velvet Underground hasta los Beatles. De donde yo vengo, en Irlanda, había una banda a comienzos de los años 80 que me marcó mucho: Virgin Prunes. Eran capaces de escribir melodías magníficas siendo al mismo tiempo experimentales y agresivos. No conocían ningún límite. Seguí esa filosofía. Aunque tengo la sensación de que nuestra música alimenta ahora mitos que en realidad no tiene. 

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