26/06/12 Sociedad

Apuntes sobre el caso Bargalló


El obispo Bargalló, presidente de Cáritas, sucumbió a la tentación y se fue con amiga y una sunga a un costoso viaje de placer por Puerto Vallarta. ¿Cómo era eso del voto de pobreza? Otro episodio más de los miles que horadan la máquina de sanatas y autoindulgencia que es –de Ratzinger a Grassi– buena parte de la Iglesia hoy día. / Por Juan José Becerra

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Desde que condenaron al sacerdote petero y soplaniños Julio Grassi (actualmente en libertad porque sí) que no teníamos noticias bomba provenientes del distrito de Morón. Pero henos aquí, viendo cómo volvieron a irradiar desde el oeste los haces de luz del escándalo. Ahora tenemos en la mira al obispo de Merlo-Morón y presidente de Cáritas, monseñor Fernando María Bargalló, apretando a una amiguita enbikinada bajo el sol de Puerto Vallarta. Las fotos son muy buenas y dan con las características específicas del book amoroso del que pronto serán seleccionados retratos de pasión. Muestran a una pareja alzada, en estado de refocilación marítima, aprovechando la temperatura de 22° C del Pacífico norte para acercar posiciones. ¿Qué habrán dicho los huachinangos, las garlopas y el pez vela al ver, en medio de sus tertulias submarinas, el bulto del obispo arrimándose a su dama mediante el impulso incontrolable de la castidad vitalicia? ¿Qué no habrán boqueado esos peces al ver semejante… sacramento?

Bargalló se hizo la fama administrando las limosnas que la ONG Cáritas –pionera no tanto en dar como en recibir– recoge de los trastos de la sociedad pudiente para trasvasarlas a la sociedad de la pobreza, extraña operación distributiva de monedas, ropa apelmazada y algún que otro paquete de fideos con gorgojos. Toma de unos, los generosos, y les da a los otros: los que menos tienen. Lleva y trae, pero los aportes propios son casi nulos, más aún si se los compara con los miles de millones que el Estado argentino vuelca al robusto tesoro de la Iglesia en concepto de dinero líquido, subsidios a las escuelas y universidades católicas, asignaciones a seminaristas y obispos (poco menos que el sueldo bien ganado de un juez de primera instancia), etc.; además de los tremendos favores materiales indirectos obtenidos por los delegados argentinos del principado de Ratzinger en términos de exenciones impositivas.

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Nadie dice que el obispo no se merezca el snorkel, el margarita y la sunga. Pero si se los merece, como creemos, que abandone la cultura del celibato que tarde o temprano termina enfermando a los agentes del sacerdocio y haga a un lado, como lo hizo con el voto de castidad, el voto de pobreza.

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Aprovecho la coyuntura para aconsejar al colectivo soberano llamado Congreso de la Nación. Si están pensando en un reforma constitucional, please –miren: me arrodillo y rezo–, empecemos por volar del mapa el Artículo 2 (“El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”), la plataforma legal por la que la totalidad de la sociedad está obligada a tributar para que parte de ese tributo, cuya masa crítica es laica, sostenga el culto católico y repare las expropiaciones que el Estado le ha infringido a la Iglesia, sin recordar todo lo que la Iglesia ha recibido del Estado en esa época y en otras, hasta convertirla en la principal potencia de bienes raíces de la Argentina.

Regresando a Bargalló y a su más que probado y acaso merecido juego de piragua en las costas mexicanas, su desliz sentimental no debería irritar a feligreses porque incluya las ganas de ponerla. Es la reacción lenta pero lógica del hombre solo que busca compañía y ya no se contenta con hermanos y padres, ese scrum homofílico por el que se vive entre hombres, se ama a los hombres y en las representaciones teatrales de los domingos se dice que se bebe la sangre y se come el cuerpo de el hombre. Demasiado se sostuvo Bargalló en línea recta como para no comprender su “desvío”.

Lo que sí –en cambio– se le puede reprochar, es el uso del caballo moral al que se subía para hablar de la pobreza desde la marca Cáritas; y sus argumentos flácidos cuando pidió disculpas públicas por el affaire contándonos que, en realidad, la guapísima MILF que lo acompañó a las costas de México era una amiga de la infancia a la que quiere de un modo “blanco” e inmaterial (entonces ¿qué tocás, Bargalló?, ¡qué tocás!). Una confesión menos irritable hubiera sido decir que, en efecto, se enamoró de una señora por la que se gastó unos pesos en un viajecito, como lo hizo el actor Nicolás Cabré con la actriz Eugenia Suárez. Nadie dice que el obispo no se merezca el snorkel, el margarita y la sunga. Pero si se los merece, como creemos, que abandone la cultura del celibato que tarde o temprano termina enfermando a los agentes del sacerdocio y haga a un lado, como lo hizo con el voto de castidad, el voto de pobreza.

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Lo que sí –en cambio– se le puede reprochar, es el uso del caballo moral al que se subía para hablar de la pobreza desde la marca Cáritas.

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La aventura de Bargalló es evidencia de normalidad. El obispo se tentó y se fue. Pasa en todos los monasterios. Su excursión es un episodio más de los miles que horadan en todo el mundo la autoridad de la Iglesia, una máquina de autoindulgencia, negaciones y sanatas, aunque con sus excepciones, sobre todo las de los sacerdotes cuentapropistas que se mueven muy por debajo de la burocracia católica a la que pertenece Bargalló, y cuyo ejemplo más a mano es el del cura villero José María Di Paola.

Si le piden a Bargalló actos de carácter moral es porque él y sus colegas se han puesto muy pesados exigiéndoselos a todo el mundo. Querido Bargalló, dandy de los mares, ministro del Hawaiian Tropic, tiburón, delfín y mojarrita: habrás comprobado que te conviene el laicismo, el ateísmo… y el turismo. Bienvenido seas al mundo de la blandura y el relajamiento, la lasitud moral y el carpe diem. Te prometemos que aquí nadie te va a molestar. Ponedla sin remordimientos. Dios proveerá.

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