25/02/13 Sociedad

Benedicto XVI por Juan José Becerra


El ultraconservador ex Benedicto XVI tiró la toalla y se retiró a sus aposentos vaticanos ¡a vivir con su secretario! Un hecho fuera de serie que confirma una vez más que los delay de la iglesia con respecto a la sociedad son lo que son: pura farsa. / Por Juan José Becerra

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Se viene el nuevo Papa y las apuestas en Bwin son un infierno. Como siempre, paga menos un Papa nazi que un Papa negro, pero los timberos vaticanistas, que siempre apuestan a color (el color negro del No) saben que no habrá chicas sentando sus huecos en el sillón de San Pedro. El sistema de la unción es transparente. 118 cardenales sub-80 elegidos desde hace años a dedo –el dedo linterna de este Papa y el anterior– se enrollarán las faldas púrpuras, acomodarán sus carrocerías vetustas y le rendirán un homenaje trascendente al peronismo argentino. La rosca durará una eternidad, y el que gana conduce (el que pierde acompaña).

De los 118 vejestorios regresivos, 28 son italianos (9 más que los de toda América Latina, que aporta el 40% de fieles, según el periodista Washington Uranga, vaticanólogo fiable). O sea que Italia es el equivalente papal a La Matanza. Sus representantes inclinarán la balanza a su favor, y de ese lado estarán sin dudas los dos candidatos argentinos: Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires (y un poco Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), y Leonardo Sandri, un Duhalde con sotana, con más de siete vidas en esa bolsa de gatos, amiguito de Esteban Caselli –ex Embajador de Menem en el Vaticano y legislador de italianos en el extranjero por Silvio Berlusconi– y bien recibido en el gobierno nacional. Bueh.

¿A quién le importa esto? A nadie. Pero hay que inflar esta nota. La superestructura católica vive en una hibernación interesada desde hace siglos. Pero cada tanto se despierta de su desmayo de amnesia y secretos y pide perdón por algo. En 1939, después de más de 320 años, Pío XII reconoció que la teoría heliocéntrica de Galileo no estaba tan equivocada. Y en 1992, Juan Pablo II pidió perdón por las masacres evangelizadoras de 1492. No es, como dicen, que la Iglesia no reconoce errores: cada 300 o 500 años (las disculpas por las fellatios del padre Julio Grassi están agendadas para el año 2700) se arrodilla ante nosotros con un mea culpa para demostrar que no hay necedad ni negacionismo en sus acciones sin mala fe, aunque sí un pequeño delay.

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El celibato, quién no lo sabe, no consiste en abandonar la sexualidad: consiste en reprimirla. Por lo que la decisión de Ratzinger de retirarse a vivir con su secretario, sea esa vida la de un matrimonio gay o la de la mera compañía, abre un mundo de libertades sorprendentes si tenemos en cuenta de quién viene.

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Pero el tema que avanza hacia nosotros como una chispa en 3D, expulsada desde el paisaje más bien tedioso de una elección de príncipes misóginos desencajados por la codicia, es la renuncia al trono de Joseph Ratzinger, un hecho fuera de serie que ha reducido Habemus Papa (2011), la película de Nanni Moretti, a la altura de Noelia Pompa. Todos los delirios de Moretti, todo sus gags de intrigas y depresiones cardenalicias y –más que nada– todo el fastidio de su Papa renunciante, que se hartó de la asfixia de sus funciones (donde el ejercicio del Poder papal consiste en renunciar a ser Alguien), pueden ser vistos como una maqueta de lo que acaba de ocurrir. Nada compite con la vida.

Y sin embargo, consumado el paso al costado de Ratzinger, hastiado de las intrigas y las maniobras con fondos que el Vaticano siempre ha captado de un modo oscuro sin producir NADA, lo más impresionante es su giro homosexual. Quizás no un giro, sino una salida homosexual como la necesidad de algo que ya venía girando. El celibato, más si se trata de un impuesto que hay que pagar con el cuerpo (no como ocurrió con Morrisey, que donó su celibato), es una tortura que deriva en la autosexualidad o la homosexualidad. El celibato, quién no lo sabe, no consiste en abandonar la sexualidad: consiste en reprimirla. Reprimida o liberada, se la tiene siempre, al margen de si se la administra como tesoro enterrado o como despilfarro. Por lo que la decisión de Ratzinger de retirarse a vivir con su secretario, sea esa vida la de un matrimonio gay o la de la mera compañía, abre un mundo de libertades sorprendentes si tenemos en cuenta de quién viene.

El secretario de Ratzinger (lo “pidió” en 1996) es Georg Gänswein, de 56 años, conocido como Bel Giorgio o Monseñor George Clooney (algunos lo comparan con Hugh Grant). Fue profesor de derecho canónico de la Pontificia Università della Santa Croce, un kiosquito ideológico del Opus Dei. Su influencia sobre Ratzinger no está desconectada de la devoción que el ex Papa siente por él. De lo contrario no se explica que ¡un Papa! haya curtido en sus vacaciones de Castel Gandolfo y los Alpes italianos (compartidas con “Clooney”) un sombrero Nike rojo, un reloj Cartier y unos anteojos de sol Serengeti. Hollywood es así.

El Papa fugado (el Michel Piccoli de Nanni Moretti escapándose de la pantalla) y el amanuense top fatigarán pronto los pasillos del convento Mater Ecclesiae, un retiro para monjas que Juan Pablo II mandó a construir en 1992 en los jardines del Vaticano. Pero las monjas ya no están, fueron apartadas con el pretexto de unas refacciones recientes, y se fueron con sus mermeladas benedictinas a otra parte. Dios dirá si el ex Papa podrá tener, en esa Pax, como no tuvo nuestro querido Roland Barthes, “el amor de un muchacho”.

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