Bye Bye, Bin

19:03 in Destacados, Sociedad | 1 Comment »

Un asesinato que nadie vio, un cuerpo que desaparece en el mar y un operativo al más puro estilo marine: mucha sangre y poco argumento. Obama vs. Osama: en el ranking de verdugos, ¿quién fue peor? Por Juan José Becerra

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El jeque del petróleo, retardatario y carnicero, que una hermosa mañana de septiembre se hizo la fama al limpiar dos torres de más de cuatrocientos metros de altura, con 1500 personas en el interior de cada una, fue asesinado de un tiro en el ojo delante de su hija de doce años por orden del Premio Nobel de la Paz 2010; y aun cuando su nombre nos traiga el recuerdo negro del 11-S, en el que se incendiaron, cayeron desde lo alto o murieron del susto trabajadores asalariados de América Latina y África, como quien dice sin comerla ni beberla, no podemos no dejar que nuestro corazón hable por nosotros y exclame: “¡Pobre Bin Laden!”.

Cómo será de violenta, invasiva y arrogante la fuerza que lo liquidó que no sólo logró liquidarlo sino que también lo convirtió en mártir. Lo encontró, lo reveló en toda su debilidad, digamos que lo humanizó, y, desarmado –una piltrafa subalimentada de dos metros–, lo fusiló con el empleo de una fuerza tan grande y tan innecesaria una vez cazada la presa que ahora tenemos que volver a pensar quién fue peor: ¿él o sus verdugos?

Pensemos entonces –en términos comparativos– en la fuerza empleada y en el modo en que se aplicó. La prehistoria de este acto nos dice que Bin Laden maquinó con otros cerebros y otras barbas de su talla, en la frescura de una cueva X, la idea de barrer las torres mellizas de Manhattan sin importarle cuántos o quiénes iban a morir. Lo pensó y lo hizo. Vimos venir los aviones y ¡fuera abajo! El espectáculo del atentado fue el más impresionante que dio y dará la historia de la humanidad, al menos hasta que a alguno se le ocurra reventar la luna. Su característica general fue que se vio todo. Una secuencia macabra de bomba aérea, fuego, humo y regreso de las colosas al nivel del suelo aún nos nubla la memoria. Fue un éxito rotundo de un pequeño ejército irregular, llevado a cabo mediante el plan sencillo de una fuerza ajena desviada. Don de Lillo, que escribió El hombre del salto (Seix Barral, 2007) para internarse en el daño privado de ese hecho, contó que cuando estaban construyendo una de las torres advirtió que se trataba de una “arquitectura de catástrofe”, lo que en parte se compensó cuando construyeron la segunda (una compañía y un equilibrio).

O sea que Barbeta debió haberlas considerado una tentación con tantos aviones esquivándolas durante décadas y se dio el gustazo del perverso: las bajó, porque como dicen los matones menudos del Gran Buenos Aires, “lo bueno de pelear con los grandotes es que cuando caen hacen ruido”.

El destrozo fue visible y, ya lo sabrán, un acto terrorista. Entonces, diez años más tarde, el Nobel de la Paz Barack Obama decidió darle un escarmiento. Mandó fruta en forma de tropas a Pakistán, y vio la misión en una pantalla como si se tratase de una disputa de Wii (ha de haber sentido la vibración hiperrealista en los comandos manuales). El asalto fue tan irregular como los que acostumbra a hacer su enemigo invisible. ¿Orden de allanamiento? La Garcha. Entraron por la puerta, por encima de la medianera, por los techos y, finalmente, por el ojo. Luego, inspirados en nuestro Adolfo Scilingo, baqueano de la ruta aérea ESMA-Vuelo de la Muerte, arrojaron a Bin Laden en algún lugar de algún océano. ¿Y qué vimos de la venganza? Nada. Apenas una imagen que el periodista Nick Schifrin, feliz como perro con dos colas, nos muestra desde la pantalla de ABC. Es la habitación de la masacre: una cama de dos plazas, otra de una, sábanas revueltas y un pequeño lago de sangre inmóvil sobre los mosaicos de granito. Lo que se dice la escena del crimen.

El Premio Nobel mandó a decir luego que Barbeta tenía pensado atacar el transporte público de Los Ángeles –raro, porque casi no hay– entre otros blancos debidamente revelados en un libro de anotaciones del CEO de Al Qaeda. Porque como bien descubrieron sus captores, a la sazón libertadores nuestros, el señor Laden anotaba sus sueños por cumplir en un cuaderno Rivadavia tapa dura al que se dirigía con el entrañable lugar común “Querido diario”, para luego enumerar los planes: “La semana que viene me gustaría desguazar el Caesars Palace de Las Vegas en mitad de un concierto de Michael Jackson (chequear si está vivo), y luego clavar una ojiva nuclear en el estadio de los Yankees durante una final; y después envenenar los sándwiches de Friday’s (no, eso no: ya vienen envenenados); y, por último, afeitar la barba candado de Joaquín Morales Solá (pegarle un tubazo a Cuggini)”.